Cajón desastre

Comuniones: unas bodas en pequeño

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Mayo es, sin duda alguna, el mes de las flores y de las comuniones. Lo que antes era una sencilla celebración en familia ha ido adquiriendo, con el paso de los años, unas proporciones impensables. Se asemeja cada vez más a una boda. Así que nada de organizarlo en el último momento, hay que planificar cada uno de los detalles.

Sé de lo que hablo pues soy madre de un niño y una niña. Lo primero y fundamental es la fecha. Cuando ya sabes el día y la hora exactos, ya se puede poner en marcha el engranaje de la maquinaria.

Lo primero es elaborar una lista, a ser posible, no demasiada extensa de los invitados y elegir un sitio que se adapte perfectamente a tus necesidades, siempre y cuando algún que otro padre o madre avispados no te hayan cogido la delantera en esta carrera de obstáculos y tengas que optar por otro lugar para la celebración del banquete.

Lo siguiente son los trajes. Para las niñas, tienes que buscar y encontrar el vestido perfecto con sus complementos a juego. La verdad, te sientes un poco como la madre de la novia, que si el peinado, los pendientes, la medalla, los zapatos, etc. Para los niños, tienes que decidir si los vas a vestir de marinero raso o de almirante. Ahí ya te sientes más como la madre del hijo que está a punto de alistarse en la marina.

A continuación vienen las flores en la iglesia, los recordatorios de tan augusto día, el menú, la tarta, las fotos, los regalos y un sinfín de detalles. Un evento que has estado preparando y organizando a lo largo de unos cuantos de meses y que transcurre en un suspiro.

Cuando todo acaba, te sientes cansada pero esperas que toda la familia, amigos y sobre todo tu hijo o hija guarden un bonito y entrañable recuerdo del día de su comunión.

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