Consejo para los hijos de la Duquesa

Por una usuaria anónima

Con 85 años murió mi padre dejando a mi madre en una tremenda soledad. A la física ella no temía sabía que iba a suceder tarde o temprano. La soledad del alma fue la peor.

El día del entierro ya quiso dormir y quedarse sola. Tenía que acostumbrarse. Nunca lo confesó, pero si supe que lloró mucho y no llevaba bien la soledad de las noches. Intentó buscar compañía. Eran chicas jóvenes, que, en su mayoría, no sabían conservar aquella enorme casa. Dorados que limpiar, plata, cortinas venecianas, alfombras... Mucho trabajo y, además, eran extranjeras, y mi madre no quería comer aquellas comidas raras que ellas sabían hacer.

Después de cambio tras cambio tomo una decisión. Nos reunió a los hijos y dijo que cerraba la casa. Iba a ir a pasar el resto de sus días a una residencia, a la que llevaba tiempo pagando una habitación. No quería ir a vivir con ninguno de nosotros. Iba a pagar igual y no tendría la libertad de poder decir lo que quería. Estábamos muy ocupados, tanto nosotros como nuestras parejas, para dedicarle nuestro valioso tiempo. Los niños y adolescentes empezaban a molestar a una octogenaria. Lo tenía todo tan planeado que no pudimos hacer nada.

Yo era la que vivía más cerca de “La Pradera” el lugar elegido por ella. Me sorprendió a los pocos meses que le veía con un brillo en los ojos especial. Estaba eufórica. Más coqueta de lo que ya era en general. La acompañé a cambiarse la montura de las gafas por otras más modernas. Adquirió unas de sol con tonos alegres. Renovó su vestuario con prendas más alegres. ¡Me gustaba verla animada!

Un día me dijo algo que lo tengo siempre presente: “La gente joven pensáis que los viejos dejamos de tener ilusiones, nuestro corazón sigue joven, con inquietudes, incluso con ganas de sentir el amor de nuevo”. La miré y pensé que empezaba a perder algo la cabeza. No fue así y ahora la entiendo perfectamente.

Una de las encargadas, que me apreciaba mucho, un día me llamó porque quería hablar conmigo sin que mi madre lo supiera. Me sorprendió. “Es que lleva una temporada saltándose ciertas reglas de la casa. La hemos llamado la atención pero… sabe que tiene mucho carácter y personalidad. Además los hijos del Sr. Herrera dicen que han descubierto que su padre tiene dinero que ellos no le han dado. Este Sr. lleva muchos años aquí. Sus bienes se los administran los hijos ellos le dan lo que necesita. Tuvieron que tomar esas medidas porque era un jugador empedernido de bingo. Las dos noches que su madre ha llegado tarde a cenar él también. Incluso una de nuestras asistentas los vio bajar de un taxi en varias ocasiones. Cuando preguntamos que a donde han ido se niegan a contestar. ¿Vd. sabe si su madre saca más dinero de lo normal?”

Los bienes de mi madre los administrábamos todos, el responsable era mi hermano mayor, y cuando había algo que mencionar teníamos una reunión. Nunca habíamos tenido ningún problema, se iba pagando los gastos tanto de la casa, seguros, residencia, etc, y los gastos de ella no eran excesivos.

Efectivamente en los últimos 6 meses mi madre había sacado poco a poco casi sin que nadie se diera cuenta menos nada menos que 10.000 €. Fuimos a tomar una horchata y le pregunté que había pasado. Decidimos que fuera yo, mi hermano estaba demasiado indignado por no haberse dado cuenta de lo que sucedía antes. Ella seguía feliz, estaba guapa y se la veía feliz. “Tengo novio. Sé que te parecerá que a mi edad eso no es posible, pero ya te he dicho en varia ocasiones que el corazón no envejece. Siento una ilusión, una compañía por el Sr. Herrera que no había sentido hace muchos años. Estoy sola, me siento sola. Él me entiende, me escucha. Es un hombre de mundo, fue hasta actor de teatro, ¿no te has fijado lo guapo que es? Juntos escuchamos música y lo pasamos bien. Se que no estaréis de acuerdo pero no tengo que dar explicaciones a nadie. Vosotros no me preguntasteis si quería que os casarais con vuestras parejas. No tenéis derecho a no dejarme que los últimos años de mi vida este con quien y como yo quiera”.

Le pregunté por el dinero. Quería esquivar el tema. Después, con su costumbre habitual, se impuso y me hizo ver que era suyo que yo no era quien para pedirle explicacionesElla no solo dejaría pagado su funeral, ya me había entregado parte de sus joyas por ser la única chica y había suficiente para todos así que podía gastar lo que quisiera. Me enfadé, y le conté la fama de binguero del Sr Herrera. Disimuló. No lo sabía. Estuvo días enfadada, apenas me hablaba y se la notaba contrariada. Creo que fue duro para una mujer inteligente con 89 años darse cuenta que le había engañado. No volvió a hablar de él.

Yo estos días me preguntó: ¿hice bien? ¿Me gustará que me lo hagan mis hijas? ¿Que hubiera sido de ellos si les hubiera dejado vivir sus últimos años juntos? Hubiéramos heredado algo menos ¿y que?

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