Por nuestra usuaria y columnista Dulcine@

Autor: AFP
Nadie me cree, dicen que si he perdido la cabeza... Pero yo sé que fue real.
Estaba atado en un árbol. Sus dueños estaban divirtiéndose con su pequeño hijo en una “tirolina” nueva. A él lo habían dejado, allí atado a un árbol, esperando. Sus dueños no querían que se escapase. El animalito no les quitaba el ojo de encima.
Constantemente observaba todos sus movimientos, cuando veía que miraban o se acercaban sus patitas se ponían en alto como si estuviera aplaudiendo.
Me acerqué a él. Tenía una tarde que necesitaba estar en silencio, pero, de una manera que no sé explicar, mentalmente, entendía lo que aquel tierno animal decía. Quería juguetear con su pequeño dueño, lo veía subir y bajar, correr de un lado a otro, y no entendía por qué no podía él compartir aquellos momentos. Estaba acostumbrado a que sus dueños mayores hablasen con otros de su especie y le prestaran poca atención.
Aunque en casa cuando todo estaba en calma al hombre de la barba espesa le encantaba jugar con él, darle comida y bebida. Ella lo lavaba en la bañera y le secaba con cariño. Eso sí, cuando salpicaba ella se enfadaba muchísimo. Lo comprendía.
Los humanos pequeños eran varibles con él. O le daban mil abrazos o bien lo ignoraban. Se sabía no muy atractivo y pocos eran los que le decían cosas bellas. No lo necesitaba, era feliz.
Tenía un buen hogar después de aquellas penosas jornadas cuando se perdió. Lloraba cuando recordaba aquella red que lo cazó como si fuera un animal peligroso y lo llevaron a aquel espantoso lugar. Yo lo comprendo, visité hace tiempo una perrera municipal como la que él describía y creo que para cualquier ser aquello era peor que estar por los campos perdido con poca comida. El perrito recordaba cómo lo pusieron en una de aquellas grandes jaulas en las que había varios canes de diferente razas algunos enfadadísimos, otros enfermos, otros resignados, con ganas de que acabaran aquellos interminables días de encierro en los que no habían vuelto a ver más el cielo.
Me contaba cómo había uno que había huido en varias ocasiones y siempre lo volvían a llevar. No se resignaba. Él sabía que no podía correr la suerte de sus compañeros y que un día sucedería algo… y sucedió. Vio entrar en la jaula al hombre del mono azul, el que les duchaba con una manguera con mucha fuerza y que ayudaba a la mujer de pelos rizados a ponerles unas inyecciones que dolían mucho. Lo cogió junto con otro y lo sacó a la entrada. Allí había varios perros vagando libremente. ¡Que injusticia!
¿Por qué estos están aquí bajo el roble a la fresca y el resto ahí dentro? En aquella inmensa explanada había varios vehículos estacionados, de uno de ellos bajo un humano con su mujer. Junto a ellos un humano pequeño, llevaba unas zapatillas azules con rayas blancas. Le hubiera gustado mordérselas y quitarle los cordones para jugar como hacia en su casa, pero recordó que aquello hacía enfada mucho al niño de las grandes gafas y se contuvo. El niño de las zapatillas atractivas empezó a jugar con él. Y en el lenguaje perruno le dijo “quiero que me saques de aquí, por favor necesito tener con quien jugar, este lugar es espantoso” y el niño lo entendió.
Cuando lo subieron en aquel coche y miró hacia el lugar donde había permanecido los últimos días sintió una tremenda pena por aquellos caninos que lloraban noche y día. Era feliz pero no sabía por qué siempre que lo dejaban atado a un árbol entraba en su cuerpo como un escalofrió. ¿Y si se repite la historia? Le hice comprender que no.
Eran buenas personas, lo habían adoptado sabiendo las consecuencias de este hecho. Tener que cuidar de él, sacarlo a que haga sus necesidades a los lugares adecuados. Hacerle pasear el tiempo que necesite. Alimentarlo y sobre todo quererlo. Se tranquilizó y sus ojos se clavaron en los míos con tanta intensidad que no tuve necesidad de estar más sola ni en silencio. Me sentí comprendida por aquel animal perruno, pequeño pero con suficiente fuerza interior como para que yo escuchara su lamento y el mío.