Cajón desastre

La Escuela de la Felicidad

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¿Te habría gustado estudiar en la escuela de la felicidad? Es una escuela en la que se enseña el deber de la felicidad, en lugar de la felicidad del deber. ¿Hemos nacido para sufrir, o hemos nacido para ser felices?

En "La alegría del vivir", Orison Swett Marden nos propone reflexionar sobre lo útil que sería fundar una escuela en que, en vez de obligar a sus alumnos a aprender de memoria cientos de datos inútiles para la vida, se orientase la educación a que los niños aprendieran a ser felices. Se fomentarían en ellos los hábitos de la felicidad, y lo mismo costaría ser feliz que respirar.

Se trata entonces de aprender que nuestro éxito en la vida, nuestra eficacia, nuestra energía y nuestra longevidad dependen de estar en equilibrio, en un estado de serenidad mental. ¿Y el tal Marden estudió en una escuela así? Pues más bien no, más bien estuvo en la escuela del sufrimiento.

De orígenes humildes, Orison Swett sólo pudo heredar de sus padres, que murieron cuando él era pequeño, su curioso nombre, que simboliza la oración y el trabajo. Todo en su vida fue una lucha para salir de su situación y llegar lejos, para dejar de ser un aprendiz apaleado por sus diferentes amos y convertirse en un gran empresario que escribía incesantemente, en privado, en secreto; que no cesaba de escribir mientras construía hoteles. El hecho de haber estudiado en la escuela de la orfandad, de la falta de cariño y de la pobreza, hizo que Marden supiera hasta qué punto es importante enseñar a los niños a explayar su espontánea alegría, su predisposición al juego, al derroche de energía, corriendo, saltando y gritando.

A nosotros nos han dicho: «¡no corras!», «¡no saltes!», «¡te vas a caer!», «¡no grites!» y nos han sentado durante al menos 8 cursos en sillas incómodas. Resulta que llegamos a la edad de adultos con achaques, con tensiones, rígidos, estresados, incapaces de reír a carcajada limpia y de hacer un buen despliegue de energía cuando es necesario. Claro, claro que generalizo y que unos están más en forma y otros tienen más potencia de voz, pero claro que denuncio lo ridículo de sentarse varias horas al día a escuchar a unos señores decir cosas absurdas. Y eso que yo he sido una «empollona», y que soy formadora, y por tanto ahora estoy en el lado de ser una señora o señorita que dice cosas absurdas a otros... Hay que ganarse el pan.

Fue Juan Gorostidi, instructor de Tai Chi, quien primero llamó mi atención sobre cómo se mueven los niños. Los niños, de forma natural, están en equilibrio físico, se mueven como nos dicen que hay que moverse en Tai Chi, corren sacando la energía desde el abdomen, y lo hacen de forma inconsciente. Esto demuestra que nacemos para utilizar nuestros potentes músculos para actividades muy dinámicas. Sofocamos el natural instinto sentados como si fuéramos plantas, y cuando ha pasado una serie de años, ¡qué difícil es recuperar la espontaneidad! Ni el movimiento es ya fluido, flexible y armónico, ni lo es nuestra inclinación al humor, que se vuelve irónico, sarcástico, sofocado y aburrido.

No creáis que estas locuras de la escuela de la felicidad salen de un desconocido autor americano del siglo XIX. Según una noticia que apareció en la BBC el 27 de abril de 2006, en Harvard se aprende a ser feliz. Tal Ben-Sachar, profesor de Psicología Positiva, tiene como objetivo dar a sus alumnos las siguientes herramientas para el éxito: felicidad, autoestima, motivación y diversión. ¿Y qué consejos da Ben-Sachar? Pues se trata de «lo de siempre», es decir, aquello que no hacemos nunca: apreciar lo positivo de nuestra vida, ver el fracaso como enseñanza, dedicar tiempo a lo que realmente nos apetece, y hacer ejercicio.

En España existen talleres de risoterapia, y poco a poco se van impartiendo en las empresas cursos de inteligencia emocional, asertividad, habilidades sociales, gestión del estrés, coaching... Según me dice mi experiencia en la consultoría de formación, estos cursos suelen estar supeditados a ser muy «empresa», sin nada que se salga del guión: todo debe servir para que mis trabajadores rindan más, se quejen menos y no haya conflictos. Me ha parecido así.

La tesis de Marden para apoyar la creación de escuelas de la felicidad es que, si se enseña a los niños la filosofía del disfrute, habría muchos menos desdichados, enfermos y criminales. Es posible que esta creencia no esté teniendo en cuenta el importante factor genético. Lo que sí es cierto es que, si un niño tiene ciertas tendencias, su educación puede potenciarlas o apagarlas. Como no se ha fundado todavía un colegio homologado en el que un niño aprenda lo importante de la felicidad, del ejercicio, de la alimentación sana, es en los hogares donde se puede ejercer una influencia.

Empecemos, como en todo, por nosotras mismas
, y digámonos: «Pues voy a ser feliz, voy a mejorar mi tiempo de ocio, y a ser posible, ampliarlo. Voy a buscar motivos para reírme, disfrutar, hacer el indio, en lugar de buscar motivos para deprimirme. Voy a comprometerme conmigo misma a hacer más ejercicio, y disfrutarlo, a comer mejor, y disfrutarlo, a descansar leyendo un libro y disfrutarlo... En fin, voy a cuidarme de ser feliz.» Con este planteamiento aparentemente egoísta, quizá las personas que te rodean van a ser también más felices.

Belén Casado tiene un blog con más artículos relacionados:  www.mejorquebien.com

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