Cajón desastre

Fibromialgia, ¿una enfermedad de mujeres?

  • Comentarios

He reflexionado una y mil veces, desde el momento en el que me reconocí y me reconocieron como enferma de Fibromialgia, cuál de todos sus síntomas me causaba más dolor. Tenía muchos dónde elegir: el dolor constante, la fatiga que se pega a tu piel, el contemplar el mundo desde una perspectiva diferente a causa del mareo, la pérdida de las palabras precisas allí cuando te son necesarias, el temor que percibes a veces en los tuyos, tu manifiesta incapacidad para hacer frente a lo cotidiano… Podría seguir hasta el infinito, pero no quiero recrearme en el dolor.

Siempre he sido positiva y, aún hoy, trato de afrontar de una forma creativa todo esto que me ocurre. No lo acepto con resignación, más bien al contrario, me niego a concederle tregua, a pesar de saber que la elección que adopto no es siempre la más sensata.

Hoy me he levantado en buena hora, he comprobado mi cuerpo con cautela y el cansancio no era más del habitual, el dolor soportable y callado, dormí poco pero me pareció suficiente. Mi cabeza ha dado muestras de estar en su lugar y reconocer el entorno. Nada se movía a mi alrededor. Bien. Muy bien. Hoy voy a tener un buen día.

El sol está ahí afuera, y ese sol del que antes me escondía y al que hoy saludo con afecto, me ha hecho un guiño cómplice. Esto pinta bonito. He desayunado. Me hice una duchita corta y fresca como a mi me gusta. Limpié los ojos de mis gatos entre arrumacos y ronroneos. Consulté mi correo, di un poco de brillo a la casa para sentirme cómoda y me tumbé en el sofá. Ahí se ha acabado todo por hoy.

No han pasado ni dos horas de un día bueno y mi motor se quedó sin combustible. Ahora sólo puedo teclear mi ordenador aunque me duelen los brazos al hacerlo. Ya volví a pasarme de frenada. El exceso de confianza es ahora mi enemigo y la falta de autoestima me persigue sin descanso. Y eso es lo que más duele. Me duele más que el dolor mismo. Me duele más que la sensación de estar exhausta. Me duele más que cualquier otra caprichosa manifestación de esta puñetera enfermedad. Y es que yo la he asumido como lo asumo todo en la vida, con ello a cuestas y hacia adelante, pero ¿qué hago con la persona que yo creía que era?, ¿cómo inventarme ahora una nueva sin renunciar a la anterior?, ¿cómo reconciliarme con mi yo actual que no puede enfrentarse a casi nada?

Cada vez que me toca en suerte un día generoso y amable me lanzo como poseída por un afán incontrolable de hacer cosas con las que no puedo normalmente. Es como si necesitara constantemente hacerme perdonar, por mi misma y por los demás, por toda tarea no concluida previamente. No puedo dosificarme porque se perfectamente que estos días ya no abundan en mi vida y ahora necesito recompensas que me hagan sentir segura de ser quién yo quiero seguir siendo. Por eso cuando me topo de nuevo con la realidad me vengo abajo y mi autoestima se desmorona cómo un castillo de naipes.

Cualquier reto marcado se me antoja entonces imposible de abarcar por mucho que lo desee y debo reiniciar el camino desde el punto de salida. Es fatigoso, pero no puedo renunciar a ello. Puede que mi cuerpo esté cansado pero yo no lo estoy. Puede que tenga que releer con frecuencia el último párrafo pero no voy a renunciar a mis libros. Tal vez no siempre tenga en la punta de la lengua la frase que necesito pero puedo encontrarla con esfuerzo.
 
Todo trabajo se me antoja ahora deseable y a la vez me causa miedo enfrentarme a la derrota, pero no por ello renuncio a retomar una actividad que me haga sentir partícipe de la vida. No temo al dolor sino a dejarme vencer por la apatía y la decepción personal, pero no voy a permitir que me ganen la batalla.

Publicidad
Publicidad
Publicidad