En un rincón del alma hay una vocecita que me impide decir “¿puedo hacerle una fotografía? Es usted suficientemente importante como para que yo me sienta orgullosa de plasmarlo.¡No sé por qué me sucede esto!.
Y me sorprende cuando voy con mi cámara intentando robar esa escena entrañable, cuando se vuelven a mi sonríen y posan.
Yo nunca hago la foto que a mí no me gustaría que me hicieran.
Me encanta sacar esas escenas de una madre besando a su hijo. O el juego alegre de los niños con sus pelotas multicolores. Y aquel joven con la mirada perdida. Plasmar la belleza de esa mujer entrada en años que sabe llevar con dignidad sus arrugas.
Me pregunto si reacciono así porque en el fondo no me gusta me roben un posado mío. O sea mi timidez o el miedo a…. Paseaba el otro día haciendo fotografías en el puerto deportivo a los hermosos barcos que había amarrados, cuando me percaté de uno precioso, estaban reparándolo.
El brillo de la pintura hacía comprender que había sido pulido y recíen pintado. De pronto a proa aparecieron unos trabajadores. Repasaban con esmero la obra ya terminada. Al verme con mi gran objetivo, sin mediar palabras, se pusieron a posar para que los plasmara con su mejor sonrisa.
¡Me encantó hacer esta foto! Pero después he pensado mucho en las veces que me ha sucedido y más en el tipo de personas que se alegran de que tú te dignes hacerles una foto, cuando la que tiene que agradecerles el gesto soy yo.
Algo hay dentro de mí que me dice que no actúo bien. Es importante para todos dar lo único que tienen en ese momento, sus miradas, sus gestos y sus enormes sonrisas.