Dicen que las grandes historias de amor comienzan con un flechazo instantáneo: las miradas se cruzan, el tiempo se para, si hay música ésta deja de sonar, si no la hay suena una música sublime o celestial, y todas estas señales indican que Eros ha elegido víctima y que ambos son conscientes de ello desde el primer momento, seguros de ser perfectos el uno para el otro, de que lucharán eternamente por ser felices y comer perdices, porque es lo que debe ser y no puede no serlo....
Pero hay otras historias que comienzan sin saberlo, sin quererlo, e incluso, intentando huir de ellas. Que se van tejiendo a ellas mismas hilo a hilo, beso a beso, palabra a palabra, ajenas a las voluntades de sus víctimas, atrapándolas tan sutilmente en su espesa madeja, que cuando reparan en ella es imposible escapar.
Son como pequeños insectos osados atrapados en la tela de su propia estupidez, que jugaron a ser inmunes a la mayor enfermedad de los sentidos, y en algún momento volaron más bajo de la cuenta...
Y cuando intentan reparar su "error" y deciden separarse confundidos, incrédulos, inconscientes de su suerte, inseguros de ellos mismos, descubren aún más sorprendidos que es imposible abandonarse en mitad del camino, que cada paso dado reafirma más su condición de compañeros, cómplices felices de una pasión que se ha creado a sí misma.