Dulcine@

Autor: EFE
Le encanta la interpretación; la lleva en la sangre. Cuando se sube al escenario es él.
Tantos años perdidos. Dudas, ¡no puede ser! ¿Qué dirán? ¿Si se entera mi padre? ¿Cómo sabré que él me quiere? Era su secreto, nadie sabía que a sus 23 años aún era virgen.
¿Cómo un chico con tan buena planta, simpático y con tantos amigos aún no había tenido su primera experiencia sexual?. Cuando él le recorrió la espalda con su suave mano e intentó besarle, le dio un escalofrío.
Aún dudaba, no sabía si por ser su primera vez o por ser con uno de su mismo sexo. Se miraba en el espejo y no podía creerse lo que había sucedido. Sentía dolor, malestar. Lo ocultó y día y noche se obsesionó con saber si lo que quería era eso.
Estaba enamorado de una compañera de teatro. Sólo pensar en tener con ella una relación sexual le horrorizaba. No resultó. Sería por ser su primera vez con una mujer o porque le gustaban las personas de su mismo sexo.
Y llegó el amor que tanto había buscado. No le importó pregonar a los cuatro vientos el amor que sentía por él. Y para sorpresa suya nadie se indignó y a nadie le pareció extraño.
Durante los ocho años todo fue amor, todo nuevo. Sólo un punto en discordancia.
Horacio quería ser padre, lo necesitaba. Había posibilidades de adopción, vientres de alquiler, pero él, siempre ¡no!.
Notaba que se distanciaban, ninguno cedía. Un día… “Amo a otro” El mazazo le cogió desprevenido y después de la ira, de las ganas de venganza, de las lágrimas y de los intentos de recuperación, se conformó.
¡Quería ser padre! Si difícil era encontrar un nuevo amor, encontrar alguien que desease como él la paternidad era casi imposible.
Una noche de confesiones mutuas, Ruth y Fayna le revelaron que ellas también. Les parecía frío ir a un banco de semen pero no tenían otro remedio.
Horacio no se lo pensó dos veces y propuso una concepción natural. Bien valía el sacrificio.
Fayna miraba interrogando a Ruth. Ésta junto con Horacio reía y dijeron que había que intentarlo.
Costó pero llegó. Ruth se la entregó envuelta en una toquilla blanca. Era preciosa, sus ojos estaban cerrados pero al notar los labios de su padre los abrió y como haciéndole un guiño se estiró tranquilamente.
Tres seres con ganas de entregar amor habían conseguido el milagro de la vida. Y se llamaba Aimée
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