Es noche cerrada pero al echar un vistazo a mi alrededor advierto que, a la luz del día, aquellos descoloridos edificios a medio derruir, con sus cristales rotos y sus macabras pintadas en las paredes no deben dar menos miedo. No se oye absolutamente nada, tan solo mi acelerada respiración. Estoy aterrada. Estoy perdida. Y lo peor de todo no es que esté perdida, sino que no se qué es exactamente lo que estoy buscando.
Me encuentro en la oscuridad más absoluta. Echo a correr calle abajo buscando cualquier punto de referencia que me sea familiar para poder guiarme, pero cuando me quiero dar cuenta sólo estoy corriendo en círculos alrededor de una gran mole de desengaños y fracasos. Desolada, me siento en un portal sin poder evitar llorar desconsoladamente. Me siento muy sola. No puedo parar de llorar y las lágrimas acaban cegándome. Sí, pienso, me he quedado ciega.
De repente, oigo unos pasos y un dedo frío y rígido presiona mi hombro desde atrás. No me siento capaz de quedarme a descubrir su dueño. Huyo tan rápido como mi ceguera me permite y corro, corro dejando tras de mí un río de agua salada; corro como una cobarde; corro y corro hasta darme de frente con un infranqueable muro de hormigón, cayendo al suelo como si fuese una vulgar muñeca de trapo. A duras penas, y a tientas, consigo ponerme de rodillas, pero algo me golpea la cabeza dejándome yacida sobre el asfalto.
Sin embargo, empiezo a reír enloquecidamente cuando descubro un potente sabor dulzón que anega mi boca. Y todo lo gris se vuelve del más intenso rojo....
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