El silencio de la noche es como cada día, mi compañero, mi inseparable aliado, roto tan solo por los suspiros que me salen del alma y se elevan al cielo. Las nubes corren raudas, veloces, formando fantasmagóricas figuras en las que creo ver tu cara, mi cara, los dos tristes semblantes abatidos por tantos sinsabores que nos da cada año la vida.
El viento hace crepitar las hojas de los árboles. Sus alargadas y deformes sombras hacen ilusionarme con la idea de que ya vuelves, que corres rápido de nuevo hacia mí para estrecharnos y fundirnos en un solo cuerpo. Como las nubes al unirlas el viento. Como se entrelazan las sombras de los árboles. Como la pálida luz de la luna se funde al llegar el alba con los dorados rayos solares.
¿Dónde estabas?, ¿Porqué tardabas?, ¿Porqué no vienes a mi lado, para ver desde mi ventana, como se funden las luces y la alegría del día con las sombras, y la melancolía que nacen del crepúsculo y la oscuridad que emerge del alma?
Te escapaste, te fuiste de mi lado cuando mi corazón y mi alma más te necesitaba. Me dejas, y te marchas. Llorando, resbalando, sin poder evitarlo nuestras lágrimas. Somos..., como dos riachuelos que nacen alegres en lo alto de una montaña, y después de llevar un largo trecho recorrido, se separan…, pero de nuevo se unen con más ansias.
Con alegría, cuento los días que faltan para tú llegada, pero de nuevo volverás a irte y me dejarás en la estacada. Sola, siempre sola, como una estrella fugaz que escapa. La luna alumbra mi cara haciendo que me vea reflejada…, en el espejo del fondo de mi alma.
En el veo la distancia que la vida nos ha impuesto, la locura de unos bellos sentimientos que han sido torturados, de unos sueños vacíos que solo son eso, sueños, en una hermosa y fría noche, en la que las lágrimas de amargura, resbalan por un rostro ardiente de deseos contenidos, de recuerdos vividos, de ansías por vivir que mi corazón no ha llegado en mi ya larga y cansada vida… , conseguir.