Poco a poco se fue apagando como una vela consumida, cuyo intento desesperado para mantener su llama encendida no sirve de nada. Poco a poco se fue adormilando como la bella durmiente, a sabiendas que ningún príncipe vendría a despertarle con un tierno beso. Lo que en su día fue un hermoso cuerpo se fue debilitando y marchitando, doblegado no por el paso del tiempo sino por una enfermedad implacable e irreversible.
Aquel corazón que, en tiempos de su niñez fue alegre y bondadoso, pasó a ser triste y rencoroso. Poco a poco se fue encerrando en un mundo de desesperación y resignación, incapaz de seguir luchando contra tan vil y despiadado enemigo.
Poco a poco fue entendiendo que los sueños, sueños son y que rara vez se hacen realidad. La vida que hubiera querido tener iba a permanecer para siempre en el mundo de las utopías, tan inalcanzable como el tocar el firmamento con los dedos.
Aquella alma que, en esta vida era prisionera de su cuerpo enfermo, echaría algún día a volar lejos de lo terrenal y de su triste realidad. Poco a poco fue perdiendo toda esperanza de vivir tiempos mejores, de disfrutar de una nueva oportunidad. Poco a poco se fue dando por vencida, esperando que llegara ya el temible aunque liberador final.