Amaia San José

Autor: El Correo
Existe la anécdota de que un día una madre preguntó a Sigmund Freud cómo debía educar a su hija para llevarse bien con ella. El filósofo contestó algo similar a que “tal cuestión no tenía mayor importancia ya que, la educara como la educara, siempre andarían como el perro y el gato”.
Interesante amor es el que une a una madre y a una hija por lo afines que las hace a veces y por lo rivales en que las convierte en otras. Se trata de una relación bidireccional que difiere según la analicemos de madre a hija o a la inversa. El afecto de una madre a una hija es claro, puro e inequívoco desde el momento en que la siente en su propio ser, como parte de ella misma, acogiéndola en su vientre. Desde esos primeros instantes, la madre daría su vida misma por salvaguardar la de su hija.
Por otra parte, el amor que la hija siente por la madre madura con el tiempo, ora afianzándose ora desafianzándose. Cuando la hija es una joven adolescente obra con gran diferencia a la mujer que la dio vida, tanto en lo físico como en el hacer del día a día. Se rebela porque no se da cuenta de que los consejos de su madre son los más certeros, sin hacerse eco del refrán “quien bien te quiere te hará llorar”.
Mientras que la madre ya es devota a su hija antes del alumbramiento, la hija necesita alcanzar los treinta años de edad para descubrir la gran mujer que siempre tuvo a su vera. Entonces, la figura del padre como hombre recio pierde su protagonismo y queda ensombrecida por la de la madre, porque es ahí cuando valoramos la gran inteligencia de nuestras mamás, capaces de las estrategias más esmeradas con el fin de alcanzar siempre las cimas más altas de la forma más sabia.
Son muchas las veces en que nuestra madre nos mandó a “freír churros” y, en cambio, siempre terminaba friéndonoslos ella. Este tipo de situaciones en una relación tumultuosa como la de la madre y la hija se produce por la tensión entre el afán de establecer mayor proximidad y el de ganar control.
Las madres buscan la intimidad que tenían con sus hijas cuando éstas eran niñas, un momento en que la madre es la persona más importante en la vida de las pequeñas. Pero las hijas se esfuerzan por mantener su independencia y el control sobre sus propias vidas. Todo ello hace que estas relaciones sean una bomba de relojería, que puede explotar en cualquier momento y a causa de los detalles más nimios e insignificantes.
Y esto es así hoy y en los tiempos de Pericles por lo que, querida lectora, si usted es madre, muy sabia resultará si conoce esos límites infranqueables que permiten que su hija note, por un lado, que usted respeta su intimidad y que sepa, por el otro, que puede confiar plenamente en usted. Una madre puede ser amiga y confesora, pero sobre todo es una madre. No esperemos que nuestras hijas nos cuenten al detalle los coqueteos con el vecino del quinto porque seguro que nosotras tampoco se los contaríamos a ellas.
Si, por el contrario, usted lectora es hija, entonces sea más tolerante con su madre. No frene el acercamiento y, muy especialmente, escuche sus consejos. Son los de mayor peso porque van cargados de verdad y por lo tanto, los más certeros.
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