Por una usuaria anónima
He escrito durante más de diez años. Para mí escribir es como un acto de fe; escrito quedará. Creer que alguien lo leerá y me comprenderá.
Cuento lo que en aquellos momentos sentimos y sentí, el dolor inmenso de perder un hijo con treinta y dos años, la edad en que todo lo bueno se le debía dar.
Los hijos, es verdad, se tienen en "usufructo", pero cuando se van, el dolor los hace nuestros para siempre.
Escribir me ha aliviado, he contado lo que nos alegra, nos aflige, lo que amamos y como nos han amado.
Han pasado diez años, escribir ha sido mi salida, mi alivio.
Durante este tiempo le he escrito cartas a mi hijo, contándole que seguimos viviendo, que seguimos amándolo, cómo le recordamos, dándole las gracias por que fue una persona buena y nos dejo lo mejor de él, - sus hijas.
Este mes de Enero cumplió cuarenta y tres años, digo cumplió porque sigue en nuestra memoria, en el mismo día que él nació. Hace dos años murió su padre, también sigue en nuestro recuerdo.
Sí, han pasado los años, hoy no es ayer y nosotros hemos cambiado, pero yo sigo escribiendo, no con la premura del principio, porque no podemos escapar de nuestros recuerdos, de todo lo vivido y sentido, bueno o malo.
Cuando las personas queridas se van de nuestro lado, viene un tiempo dificil, yo le llamo el tiempo de las "sombras", y nos sentimos condenadamente tristes. Necesito inventar una vejez a mi medida, nunca podrá ser la soñada, pero la quiero suavizar.
Quiero vivir, sentir, soñar; no quiero sentirme derrotada.
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