Beatriz García Hidalgo

Autor: EL CORREO
Sentada en un banco podía distinguir de entre todos los olores, su olor. Un olor único e indescriptible, una oleada de aire que la acariciaba todo el cuerpo y la producía cierta sensación de placer.
Constantemente se preguntaba cómo una persona tan lejana a ella, de la cual ni siquiera sabía su nombre, podía producirla esa sensación tan placentera. Todos los días se sentaba en el mismo banco, esperando la llegada de ese hombre, que era su hombre, aunque solo fuese en su imaginación.
Ella se repetía, una y otra vez, que algún día reuniría las fuerzas suficientes para decirle algo. Ansiaba, con todas sus fuerzas, que el placer que sentía con el olor de aquel hombre aumentase cuando hubiese una relación más real con él. Pero seguían pasando los días, él indiferente ante ella, y ella enamorándose de él, hasta el punto de odiarse a si misma.
Paseaba silenciosamente por aquel lugar, era una costumbre que tenía desde que llegó a la ciudad, pero la costumbre paso a ser ansia. Una mujer sentada en un banco le producía ese ansia. Siempre estaba allí, quieta, silenciosa, frágil y con el paso del tiempo, triste y llorosa. No podía imaginar cual era la historia de aquella mujer, porqué día tras día se sentaba en el mismo banco mirando hacia la nada. Quería conocerla, saber de ella, hablar con ella. El paso de los días hacía que ella fuese cada vez más cercana a él, pero de una forma invisible. La conocía, pero no hablaba con ella. Tenían una relación visual. Pero él no quería eso, se estaba enamorando de ella, quería protegerla de esa fragilidad que emanaba a cada pestañeo.
Sentía que la protegía desde la distancia, pero no era suficiente. Se iba a romper en cualquier momento. Quiero dejar de estar sentada en este miserable banco y hablar con él. Quiero que esté conmigo, que me ame, que me de placer. Ya no me basta con su olor, con su mirada. Quiero más. No puedo pasar ni un día más sin estar junto a él, moriré de angustia. Pienso constantemente en él. Mis ojos permanecen en un estado imborrable de hinchazón. No dejo de llorar. Le quiero, no se como he podido llegar a querer a alguien sin conocerle, pero le amo. Le necesito.
Me voy, dentro de un mes me traslado a otra ciudad. No puedo estar con esta sensación. La necesito, pero a la vez siento que si pongo un dedo sobre ella, se romperá en mil pedazos. Ya no duermo por las noches. Ya no rindo por el día. Me paso los días a su lado, aunque ella permanezca en la ignorancia. Si la ocurriese algo yo me moriría, no sería capaz de soportarlo. No tengo el valor a decirla nada, de estar con ella. Me queda un mes para disfrutarlo con ella, desde la lejanía, pero a su lado.
Cada vez llora más, se la ve frágil. ¿Qué la sucede? ¿Qué pasa por su mente en estos instantes? ¿Cuál es la causa de sus lloros? Quiero hacer algo, pero no se el qué. La miro y llora. Descontroladamente, llora durante horas mirando al sol. ¿Dónde está?
Hace días que no viene. ¿Qué le ha pasado? Quiero estar con él. Quiero decirle que le amo, que le quiero. Quiero vivir en un constante abrazo con él. ¿Dónde esta?
No puedo con esta situación, necesito verle, mirarle a trasluz. Ese olor era mi único enlace con su realidad, y ahora ya no existe. Le esperaré, aquí sentada, hasta que vuelva. ¡Vuelve! ¡Te quiero! ¡Te necesito!
Ella aún sigue sentada en aquel banco. Sus ojos siguen hinchados. Sus lágrimas han erosionado su piel. Esta esperando a que vuelva aquel hombre. En lo más profundo de su ser, tiene la esperanza de que aquel hombre volverá. Él esta sentado en un banco, a kilómetros de distancia de ella. Piensa en ella todos los días. La transmite fuerzas para que su fragilidad desaparezca. En su interior se agita la culpa de no haberla dicho nada, de no haberla despedido si quiera. Pero era su miedo a que aquella mujer se rompiese en pedazos, el que se lo impedía.
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