Dulcine@

Autor: AFP
Hace años empezaron a aparecer como setas en los campos después de la lluvia. Máquinas con colores brillantes, luces que se encienden y se apagan. Con ruidos estrepitosos anunciando ¡estamos aquí!
Quienes las tienen en depósito están contentos, es un ingreso más, en algunos casos un buen ingreso. Lo saben, y con astucia anuncian “está a punto” aunque sepan que al cliente anterior le salieron las tres manzanas y se llevó el capital. Les interesa que haya quien se pase horas delante de ellas. No les importa el continuo “cámbiame”, saben que todas esas monedas volverán en escasos minutos, indirectamente, al cajón.
Observo a una mujer de mediana edad. Zapatos comprados en el mercadillo (deformes porque el pie izquierdo lo mete al andar), piernas con varices de horas de pie, partos y mala circulación. Ropa pasada de moda y sucia de unos días. Sus manos, con uñas pintadas de rojo pasión pero mal conservadas, le dan un aspecto de bruja mala. Su cara gris por falta de sol y atufada por el cigarrillo que continuamente tiene en la boca.
Uno, enciende el segundo con el primero y el tercero con el segundo. Sus pelos necesitan un corte, hace tiempo que no se ha hecho el tinte, lleva media cabeza con canas, la otra de un rubio indeterminado. Su mirada sólo está pendiente de las frutas.
Introduce la moneda, da a los botones con energía, y una calada, mientras fija su mirada en las tres casillas. Ni una mueca, ni un respingo, otra moneda, otra calada. ¿Me cambias?
El camarero hace la cuenta mental de las veces que le ha dicho las palabras. Lleva invertido más de lo que sacaría si consiguiera las tres manzanas, pero ella sigue.
Busca y rebusca en el viejo saco-bolso que tiene colgado en una parte de la tragaperras. No queda ni una, sólo el billete de metro para volver a casa, una vez más sin blanca. Sale cabizbaja. El camarero sale de la barra, introduce una moneda y…
No es la primera vez que sabe que sólo faltan una o dos monedas para que salga la cascada de euros tan ansiada. Pero le faltaba una.
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