Cajón desastre

Tropezones

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Todo el mundo los tiene. Es algo bueno para aprender. Desde niños andamos sin mirar y… tropezamos. Vamos creciendo y ya controlamos las piedras del camino ¡Sí! Esas piedras físicas que se ven, no las otras las invisibles.

Tropezamos y tenemos nuestro primer desengaño. ¡No volverá a sucederme! Y… vuelta con lo mismo. Nos convencemos que sabemos dónde está el lugar del tropiezo pero cuando una ya se da un batacazo importante tiene dos opciones: O reflexionar y aprender la lección, o seguir tropezando hasta que un día nos hagamos suficiente daño como para no poder levantarnos.

Cuando suele ser más doloroso es cuando pasa el tiempo y… tú aprendes a ver los baches que te han hecho caer y los evitas. Los que te siguen, esas personas que tanto te importan, que darías una parte de tí porque ellas supieran lo que tú sabes... Caen una y otra vez en esos caminos equivocados.
 
Piensas que deben dejarlos, que aprendan solos la lección pero, cada golpe te duele tanto o más que el que tú recibiste. Dices con cautela lo que deben de hacer para evitarlo pero… notas que no te escuchan y solo te queda quedarte al lado del camino y esperar para que se apoyen en la próxima caída.

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