Rosamary Martíneznieto
De verdad que estoy cansada. Siento sobre los hombros todo el peso junto de los padres ancianos pero quejumbrosos a los que cuidar sin tregua, los hijos rebeldes sin domesticar, la jungla del trabajo con los depredadores en guerra siempre atacando al bando equivocado, la guerra fría de la edad, la edad infantil de la sociedad, el premio a la belleza a la juventud y la alienación mental.
Yo quiero coger el AVE de la vida y volar hacia un destino incierto y llegar a un parador en el que parar, hacer el amor y recuperar tantos momentos que me dejo robar cada día, tantos tiempos dedicados siempre a los otros.
Quiero proponer desde estas líneas dos cosas. La primera es encontrar una palabra que defina lo que yo llamo exceso de democracia. Este no es más que una secuela que padecemos los que, de alguna manera, creíamos luchar por las libertades y ahora somos presos del exceso porque, para corregir la ausencia que teníamos, nos hemos desbordado y ahora no nos respetan nuestros padres, ni nuestros hijos, ni el lucero del alba, porque a todos los hemos tratado con tanto respeto que nos subestiman.
¡Por favor ayúdenme, busquemos entre todos una expresión para definir este exceso!.
La segunda, aunque parezca banal, es una reivindicación formal. Estoy harta de que la ropa de mujer apenas lleve bolsillos por fuera y por supuesto ninguno por dentro. Las mujeres, al menos las que sufrimos el exceso de democracia (muchas no saben que esto les está ocurriendo) necesitamos mucha cobertura para salir al mundo, no es suficiente con el bolso y, como dice una canción de Bob Marley, tenemos ventanas en el corazón por las que nos entra mucho frio.
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