Cajón desastre

El arte de torear

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“Se torea a compás, como se baila y se canta, a compás, pero también como se vive, o ha de vivirse, a compás”. Rafael de Paula.

La arena casi cárdena está caliente por el sol abrasador, y, en cuanto suenen trompetas y timbales, comenzará a teñirse por la sangre de burlacos y toreros. El tic-tac del reloj marca a las seis el final de la angosta espera. Las puertas se abren más de par en par que nunca y las figuras comienzan el paseíllo engalonados con sus mejores alamares.

Colocados los hermosos capotes de paseo en las barreras de las señoritas más lindas, el presidente, tan cerca del cenit, da la orden de salida. Todos miran a chiqueros. El toril se abre y el primero sale levantando ese olor a madera cuando rompe astas en los burladeros. Unos papelillos blancos vuelan levemente por el albero y se aquerellan en tablas, informando al matador sobre el prognóstico del viento. Ahora le toca a él colocarse.

Naturaleza frente a naturaleza se encuentran en el ruedo y el torero se ciñe a su toro por chicuelinas, lo lleva por delantales al caballo y allì lo para con media verònica repleta de elegancia. Tras el tercio de varas todo el respetable aplaude al picador por haber utilizado la vara justa y en lugar certero, realzando la bravura del burel y preparándolo para el tercio de banderillas. La música suena entre aplausos por las acrobacias de los banderilleros. El maestro se enorgullece de la cuadrilla. Un apoderado desde el callejón ofrece agua al matador en un vaso de plata, matador que quiere cuajar la faena y abrir la puerta grande.

El diestro se acerca al centro del ruedo y brinda el toro a los aficionados. La montera ha caìdo boca arriba, síntoma de una faena poco lujuriosa. Así que, cuando el matador se acerca a buscar a su toro, muy elegantemente aunque con cierto aire cómico, estira el brazo y da media vuelta con el estoque a la montera, para cambiar su sino. Se coloca de nuevo, esta vez a pies juntos y cita por alto a su igual. Una manoletina tras otra, tras otra y otra más.

Ahora toca llevarlo por lo bajo y en redondo, como lo hacen los toreros buenos. Se le prueba por el pitón derecho y luego por el izquierdo, a base de naturales rematados con un largo pase de pecho. Idealmente el toro va mejor por el pitòn izquierdo, asì que se le da espacio y arranca su embestida. El toro humilla y el lidiador se lo pasa ceñido a su cintura, muy lento y templado, haciendo el compàs sobre sus robustas piernas entreabiertas.

De pronto un silencio casi sepulcral envuelve la plaza. Es la hora de entrar a matar pero el toro ha tenido tanta casta que en los tendidos asoman pañuelos verdes. El matador sigue pegándole pases a su toro y éste no refrena la embestida. Todos miran a la presidencia que también ondea el pañuelo verde para que el toro sea devuelto a los corrales. Se le curarán las heridas y quedará como semental de la ganadería. La puerta grande se abre para que diestro y ganadero la atraviesen a hombros esta tarde.

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