Por una usuaria anónima
La arena se le metía entre los dedos de los pies y notaba un suave cosquilleo que no le molestaba a pesar de llevar varias jornadas caminando. Las ideas le iban y venían en la cabeza y no terminaba de entender qué es lo que le había empujado a estar allí aunque por otro lado, en lo más profundo de su ser ,sentía una tremenda necesidad de seguir caminando, no importaba el calor del mediodía ni el frío por las noches
La primera parte del viaje, la zona de las dunas, ya había sido superada y aunque le costaba mucho esfuerzo caminar, lo llevaba con bastante ánimo. Era su sueño hecho realidad y a medida que se aproximaba a su objetivo una intensa emoción le embargaba por completo.
Ojalá no hubiera tenido que hacer el camino en soledad pero era ahora o nunca, tenía que encontrar sus raíces en aquella tierra que a pesar de ser tremendamente dura, reflejaba una increíble belleza, donde la naturaleza y la mano del hombre habían creado aquella ciudad perdida en medio del desierto.
Durante días, había compartido comida y bebida con las caravanas que iba encontrando a su paso, una nueva forma de vivir y una nueva forma de compartir.
De repente se dio cuenta que había llegado a la entrada del desfiladero; le rodeaba un profundo silencio sólo interrumpido por el ruido de su respiración. Echó una mirada hacia el interior del estrecho camino que se le insinuaba como un pequeño esfuerzo más.
Otra vez en su cabeza aparecían momentos pasados: tertulias con amigos, la monotonía de su vida y esa fe en nada que quizás a partir de ese momento encontraría su razón de ser. No podía dar las gracias a Dios por haberle permitido llegar hasta allí, pero como tenía que dar las gracias a alguien, se adentró por el desfiladero apresurando su paso. Tenía que cruzarlo antes que cayera la noche.
Las paredes del desfiladero estaban salpicadas de templetes dedicados a los dioses de la ciudad donde se amontonaban las ofrendas de los devotos. En algunas paredes había enormes grabados de figuras humanas y animales que reflejaban el esplendor vivido en épocas ya pasadas. Tras el último recodo del camino aparecía una colosal puerta esculpida en la misma roca de la montaña.
Ya no importaba el dolor de sus pies, sus labios resecos ni su piel quemada por el sol. Sabía con toda certeza que aquello que contemplaban sus ojos era su principio; la mezcla de todas las culturas conocidas en perfecto equilibrio.
Se acercó lentamente y cayó de rodillas levantando la cabeza hacia el cielo que ahora estaba repleto de estrellas y dándose cuenta que en ese preciso instante era la persona más feliz del mundo, no porque hubiese encontrado las respuestas sino porque había olvidado todas las preguntas.
Envíanos tu artículo y conviértete en columnista de hoymujer desde nuestra zona de comunidad