Por una usuaria Anónima
De niña fui pobre en una familia que sufrió mucha escasez. Ahora, aunque me siento rica, en esencia sigo siendo pobre, porque podría comprarme lo que se me antojara y sin embargo no se me antoja nada...
Lo que me satisface es el equilibrio y la moderación. Pero, ¿a qué viene esto?
Se puede desprender de mi retahíla que esto no tiene otro objeto que el de que reflexionar a cerca de cómo la pobreza agudiza el ingenio. Muchas tardes, cuando no queríamos merendar, mi madre nos fabricaba una golosina divertida y nutritiva. Doraba con paciencia en una sartén harina de trigo con una cuchara de palo, le ponía azúcar y nos servia esos “cereales” en un cartuchito que ella misma liaba aprovechando el papel con que le envolvían los alimentos en la carnicería o en la tienda de ultramarinos.
Nos sentábamos, mis hermanos y primos, con nuestro cartucho y una cuchara. Así degustábamos aquella ambrosía, como a cámara lenta, para no atragantarnos y, sobre todo, para que no se acabara.
Esa harina que mi madre usaba era más barata porque no era pura, contenía las semillas del cereal. En una palabra, era integral. Sin embargo, ahora para conseguir pan “integral puro” hay que pagar cuatro veces más.
No quiero decir que fueran buenos o mejores tiempos porque, salvo los recuerdos ligados a la infancia, que están, por lo general, libres de penas; la escasez no es deseable. Pero, aunque pobres en bienes, éramos ricos en un ingenio que la opulencia no alcanza.
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