Cajón desastre

La otra

  • Comentarios

Èstos seràn los ùltimos minutos y las ùltimas palabras que le dedique al desamor. Entre los conocimientos adquiridos por la experiencia me doy cuenta de que el hombre que jura y perjura que te quiere siempre miente. El que ama de verdad, te lo dice en las ocasiones mìnimas como si fuera a desgastar la expresiòn por su uso; entendàmonos, es como una voz de sonido hermoso que pasa desapercibida por tanto oìrla.

¡Cuánto dolor siento por esas mujeres que comparten al mismo hombre!
¡Qué necias ellas, qué cobarde él! Al menos la necedad se sana aprendiendo pero mucho me temo que la cobardìa pasa factura y no se cura, podrìa haber sido incluido entre los pecados capitales. Una lección que jamás lograré agradecerle a mi madre es lo importante que resulta ser independiente y con unos mìnimos de cultura, para que nunca tengamos que depender de nadie y ser libres.

Mi corazón está tan latigueado por el amor, su via crucis es tan largo, que ya no tiene inocencia para volver a amar. Criaré cerdos y me darán jamones.

Una vez, con treinta y un años, conocí a un hombre profundamente enamorado de mí y que me enseñó a enamorarme de él. Era quince años mayor que yo y estaba casado. Lo que al principio parecìa un problema no lo era tal porque según decía habìa iniciado un proceso de divorcio, no tenìan hijos y su matrimonio hacìa mucho estaba roto. Un intelectual, economista, que en sus venas llevaba la pasiòn por el montañismo. Lo normal hubiera sido que me acercara más y más a él y lo que logré fue que me alejara.

¿Conocen el proverbio gitano que dice “cuidado con lo que deseas que lo puedes conseguir”? Algo así debió de ocurrirle al economista. Jamás se separó por no hacer daño a su mujer. Contestaba cada una de sus llamadas y le servía en todo cuanto requería. Ante la sociedad había dos mujeres encontradas: la esposa había arruinado la carrera del economista y lo tenía encarcelado entre muros, dirigiendo freelance un negocio de alquiler de apartamentos.

No le había dado hijos, su casa era un desastre donde cada vez que entrabas no acertabas a poner el pie por el desorden, no se le “permitía” cocinar determinados platos para no manchar en exceso y encima, le gritaba como si de un niño torpe se tratara. Sin embargo, comenzó a usar estrategias del tipo de no gritarle y el enamorado fue descuidando a aquella a quien amaba de verdad. No se daba cuenta de que debía germinar una separaciòn en el matrimonio para entregarse a su amada y lo que estaba germinando era la desconfianza y la duda de esta ùltima.

Esta mujer, la amante, era la perversa aunque nadie lo dijera por temor, pero todos lo pensaban. Aparentemente había roto una relación con gran carga sentimental. En realidad, lo que había hecho era iniciar una relación de falsas promesas, basada en tres personas. Sin necesidad alguna, con esta decisión ella misma oscurecía una alegre y aún joven vida.
 
¡Qué mayor humildad que la paciencia de tener que soportar algo así: un peligro que se avecina, que no sabes cuando llegará pero que estimas inminente! Si estaban juntos, la esposa telefoneaba y la amante callaba. Si estaban separados, la amante llamaba y el enamorado la ocultaba porque decía no querer hacer daño a la esposa. ¡Menudo ejemplo de honestidad!

Las brechas que sesgaba en el corazón de su amante por cada pretensiòn, ni con agua bendita sanarìan. Las dudas que él jamás había tenido, ahora las contemplaba todas de golpe y porrazo. ¿Por qué? Por su egoísmo y su comodidad. En una relación así no podía haber más que un solo culpable: él.

Los fines de semana ataba lazos con su amante y el resto de dìas regresaba a la comodidad que pudiera ofrecerle su mujer, comodidad, sólo comodidad, ni felicidad, ni conversaciòn, ni cariño. La amante terminó cansándose y abandonó. Aún sigue tratando de encontrar el norte. Él se quedó con su esposa y fueron felices treinta días más. A partir del dìa trigèsimo primero, el sol volviò a ocultarse para ambos, esposa y esposo.

Ella volviò a gritarle, ya no necesitaba estrategias. Él retomó sus expediciones montañeras porque no había manera de vencer los muros de la vieja y tan bien conocida prisión. Su valentía en la montaña aumentó. Coronaba cimas aún más altas que en el pasado, porque sabìa que nada podrìa dolerle màs que el recuerdo permanente, dìa tras dìa, de aquel ùltimo amor que conoció. Había perdido una segunda oportunidad de rehacer la vida, una segunda oportunidad que sòlo algunos conocen. Habìa perdido el tren con destino a mi corazón y era el último que pasaba.

Publicidad
Publicidad