Se celebra en estos días una de las más terribles preocupaciones de la mujer: el cáncer de mama. En la adolescencia, desde que empezamos a cumplir años, los médicos, o especialistas, o en cualquier medio de comunicación, nos bombardean diciendo cosas que las mujeres nos resistimos a creer, pero que después, en algún momento de nuestra vida, por desgracia, recordaremos, y nos arrepentiremos de no haber escuchado. Lamentamos sobre todo no haber llevado a cabo las medidas oportunas para evitarlo en lo posible.
Con la inconsciencia y la alegría de la juventud, nunca llegamos a creer que cuando a nuestra madre, o a nuestra hermana mayor, o a la tía, etc, etc, les diagnosticaron una terrible enfermedad, no se nos ocurrió pensar que esto fuera tan grave como para tener que amputarles uno de sus senos.
Como somos demasiado inconscientes debido a los pocos años, no entendemos porqué nuestros familiares sufren a consecuencia de ello, porqué cada día se consumen más y más a consecuencia de la” quimio”, o de la “radioterapia”, o simplemente, por qué les afecta demasiado mirarse al espejo y verse sin uno de los miembros que más valora una mujer.
A las niñas, desde edades bien tempranas, deberían enseñarles a auscultarse, a ir a los especialistas no sólo para prescribirles el mejor método anticonceptivo, o a pedir que les receten la píldora del día después. Creo que esto último, es lo que las jóvenes entienden cuando se les habla de ir al ginecólogo, pero pocas veces piensan, que este especialista está en la consulta para algo tan importante, como pueda ser su salud futura, sobre todo si son grupos de riesgo.
Por ejemplo, si ha habido algún caso en su familia, o incluso sin ningún antecedente, lo que deben tener cuenta es que el ginecólogo les ayudará a detectar algo tan importante como es un pequeño ”granito” en uno de sus pechos, para que al cabo del tiempo, este “bultito”, no sea lo que todas tememos, aunque gracias a los grandes avances de la ciencia y de las investigaciones en el campo de la Medicina, muchos de estos temibles ”bultitos”, ya tienen solución.
Lo grave de esta enfermedad es que no la detectan con la antelación suficiente para ponerle remedio. Mucha culpa la tenemos nosotras, las propias pacientes. Hagámonos revisiones periódicas, y quejémonos si es necesario si son los propios especialistas los que cometen algún fallo. Por nuestra propia salud, pero más aún por nuestras hijas o nuestras familiares, ayudemos a la Ciencia.