Prometo no asombrarme si en los difìciles momentos de crisis que el mundo vive, hubiera en España un resurgimiento de la copla. De hecho, mi opinión es que, a la actual situaciòn económica le hace falta el calor de la copla, ésa que en los años fatídicos de la postguerra le sirvió al pueblo como vía de escape.
Una sociedad avanzada como la de hoy se asusta y a la vez se entretiene con el mundo de la prensa rosa y los avatares de su farándula pero no nos vendría mal fijarnos en las pasiones y sensualidades que nos contaba un pueblo que no asistía al psicoanalista. A sus alegrías y desgracias les pusieron música y tanto corazón que sin darse cuenta crearon arte en la forma de copla, del étimo copula, “lazo” o “uniòn”.
Bajo títulos como “Ojos Verdes” o “Tatuaje” se escondían vivencias bastante más escandalosas y polìticamente incorrectas, que la mayoría de los relatos que hoy día escuchamos. Y para muestra un botón: la tan famosa copla “La bien pagà” narra la pasiòn exarcerbada de una prostituta y un desconocido que se despiden al amanecer y al que ni siquiera le acepta el dinero que le tiene que pagar: “Apoyá en el quicio de la mancebía (...)/serrana pa un vestido yo te quiero regalar./Yo le dije: estás cumplío, no me tienes que dar ná”.
Las mismas vidas de las cantantes de copla estàn llenas de continuos altibajos amorosos. Hagamos memoria sobre Concha Piquer casada con el matador Curro Romero, Isabel Pantoja con Paquirri o Rocìo Jurado con el diestro Ortega Cano, y todas las historias verídicas o ficticias en torno suyo como la de aquella pobre señora que le imploraba a un toro noble compasiòn por la vida de su enamorado, de nombre Francisco Alegre, porque “entre bordaos” llevaba encerrado su corazón.
Chapó por la copla, que ha sido y será en nuestro país importantìsimo género musical e incluso, literario, y que por ello se ha intentado manipular o politizar como todo lo que goza de éxito o popularidad.