Edurne Uriarte

Autor: EL CORREO
“Por qué los hombres quieren sexo y las mujeres necesitan amor” es el último libro de esos vendedores de crecepelos llamados Allan y Barbara Pease. Millonarios gracias a varios “bestsellers” sobre las diferencias psicológicas innatas entre sexos. Generalizaciones entretenidas pero de cuestionable base científica que, sin embargo, han tenido un enorme éxito, y lo que es desconcertante, también entre las mujeres.
Aportando nuestro granito de arena, también yo piqué con aquel libro sobre las mujeres que no saben leer mapas, a la extensión de una falsedad muy dañina para todas nosotras: la falsedad de que las diferencias sociales entre sexos tienen algo que ver con la naturaleza.
Esa afirmación es algo que jamás admitiríamos sobre las razas. Y el escándalo es monumental cada vez que alguien osa mentar alguna diferencia cerebral innata entre negros y blancos. Mejor dicho, ya nadie se atreve a tal cosa, mientras que hacerlo sobre los sexos es una moda, y muy exitosa. Y tiene razón la americana Gloria Steinem cuando afirma que una de las razones del mayor impacto de las barreras sexuales frente a las raciales es que el sexismo aún se confunde con la naturaleza, como ocurrió en el pasado con la raza. Y sin que existan bases científicas para tal cosa, a pesar de lo cual gentes como los Pease siguen arrasando en las librerías y, lo que es peor, en nuestras cabezas, ahora de nuevo con esa vieja imbecilidad de que ellos quieren sexo y nosotras amor.
Y los pease ni siquiera son científicos, como sí lo es Lise Eliot, que acaba de publicar un libro en Estados Unidos en el que, a partir de una amplísima documentación científica, sostiene que no son ciertas las diferencias entre los cerebros de niños y niñas al nacer. Pero, sin embargo, sí existen unas diferencias apreciables cuando llegan a la edad adulta. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que se nos trata y educa de una forma diferente.
Una pequeña muestra: unos científicos vistieron a varios bebés de forma neutra y de manera que los niños parecieran niñas y viceversa, y pidieron a varios adultos su descripción. En el segundo caso, esos adultos establecieron claras diferencias, atribuyendo a los bebés que suponían que eran chicos, y que en realidad eran chicas, los tradicionales rasgos masculinos de carácter.
P. D.: Lise Elio relata otro experimento en el que varias madres calcularon la distancia que podían gatear sus bebés de 11 meses. La mayoriá acertó con los niños y subestimó a las niñas, a pesar de que ambos sexos tienen igual capacidad motora a esa edad.