Entre Nosotras

Una de chicos

  • Me he criado entre chicos. Con dos hermanos que me sacaban dos palmos de alto y de ancho y que me obligaron a perfeccionar y convertirme en una experta en las técnicas básicas de defensa fraternal femenina (mordiscos o lagrimones, dependiendo del momento). En el colegio las monjas me lavaban la lengua con jabón.

Mis queridas hermanas Milagros y Margarita se empeñaban en que, los chicos, ni soñarlos. Y se desesperaban cuando me veían pasar a recoger a mi hermano en el edificio de enfrente y volver a casa rodeada de sus compañeros de clase ¡niños del colegio mixto! ¡Ave María Purísima! Aunque hay que reconocer que los ocho años de entonces no son los ocho años de ahora. Como mucho, nosotros compartíamos cromos de la última colección de Danone.

En el pueblo donde pasaba las vacaciones (¡hola, Sant Quintí!) casi todos mis amigos también eran de sexo masculino. De aquella época me quedan varias cicatrices en el cuerpo y un asco permanente por el tabaco. Aunque confieso que intenté fumar varias veces. Y así como era capaz de no perder las ruedas de sus bicis y seguirles allá a dónde fueran, incluso por las cuestas más empinadas, o de casi ganarles en los concursos de palabrotas, a lo de fumar no puede seguirles. Cigarro tras cigarro inhalaba con la desesperación de que, por favor, por favor, por favor, me gustara. Pero no.

Ellos me contaban, sin ningún tipo de pudor, primero cosas de críos y, más tarde, el aturdimiento que les provocaban las hormonas y las mujeres. Por eso siempre he defendido a ultranza que entre ellos y nosotras puede haber amistad sin ningún tipo de pulsión sexual escondida. Eso es algo que he peleado durante toda la vida... pero ahora tengo que retractarme.

El otro día me reencontré con uno de esos amigos de la infancia, y ya sin las urgencias de la camaradería diaria, y con un par de Hendrick’s desvergonzando nuestras neuronas, me confesó que siempre, alguna vez, en algún momento, aunque sea una milésimas de segundo, los hombres piensan en cómo sería esa mujer en la cama. Aturdida por ese descubrimiento, llevo varios días escuchando voces en mi cabeza y repeliendo miradas masculinas con mi escudo protector invisible. “Es cosa de la Naturaleza”, me insistía mi amigo. “¿A vosotras no os pasa de vez en cuando?”, me preguntó.

P. D.: Pues no. No creo que las mujeres vayamos por ahí imaginándonos, ni siquiera sin camisa, a los hombres con los que nos cruzamos. Lo siento, no solemos pensar en ellos desnudos, no nos pone. Nuestra sexualidad no es tan visual. Por eso los Playboy para chicas los acaban comprando gays.

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