Y tenía que ocurrir. De repente, él se quedó mudo. Rebuscó en su cerebro y no fue capaz de encontrar una nueva afrenta para la mujer. Pero había creado tanta expectación que no le quedaba otra que terminar su circo con el insulto de los insultos, y cerrar así una actuación memorable. La encontró. Y la soltó. Fea. ¡FEA! Para él, eso era lo peor que podía decirle a aquella mujer. Y parece que acertó, porque sus vecinos de asiento, incluídas las madres de otros niños del mismo equipo, le dedicaron un gran aplauso final a ese hombre sesentón y regordete, que llevaba el cinturón a la altura del sobaco, y tenía cuatro pelos raídos en la cabeza.
¿Es que el peor insulto que podemos recibir las mujeres tiene que ver con nuestro aspecto físico? Se lo conté un día a a un amigo y decidimos experimentar. La ocasión llegó con un pequeño choque de tráfico. Nada importante, sólo chapa. Mi amigo y el conductor contrario, que resultó ser una mujer, empezaron a ponerse nerviosos y a discutir. Lo típico: Yo llevo la razón, Cómo te atreves, A ti te dieron el carné en la tómbola... Entonces él se lo soltó de golpe: Fea, pero mira que eres fea. ¿Cómo puedes ir así por la calle?, le dijo a la mujer. Y ella, se lo juro, se echó a llorar.
La misma reacción, pero sin llantina, la tuvo otra mujer a la que llamó gorda cuando estábamos en la cola para entrar al cine. (Perdón a las dos, era sólo un experimento). Yo también lo probé. Feo, le dije a un hombre (que, por cierto, lo era, y bastante), en una pequeña discusión provocada también por un incidente de tráfico. Y... ¿adivinan qué? Pues el tipo se partió de risa en mi cara. ¿Feo? ¿Pero eso qué es niña? Feo. Venga, vuelve al cole. Ja, ja, ja.
P. D.: Mal vamos las mujeres si un fea aniquila nuestra autoestima. ¿Lo que nos queremos a nosotras mismas aún depende de lo que piensen los demás sobre nuestro aspecto? Como repite una buena amiga: todas deberíamos ir con la cabeza alta, presumiendo de la reina que llevamos dentro.