LA DOCTORA Hamlin visitó recientemente España para recoger el Internacional Solidarity Prize, considerado como el Nobel alternativo, que premia la labor social de personas o instituciones de todo el mundo con los más desfavorecidos.
La octogenaria y dinámica cirujana, que sigue operando a diario, relató a los periodistas la cruda realidad que Occidente ignora: “En Etiopía se casan prematuramente, son bodas acordadas según la costumbre. Cuando llega el momento del parto, el bebé que la joven lleva en sus entrañas es demasiado grande para su cuerpo y no puede salir. El parto se alarga, pero ya es tarde para acudir a un centro de salud, pues el más cercano está a dos días caminando. Tampoco puede acudir a un hospital, así que sigue luchando en su choza durante 10 o más días, y el bebé nace muerto. Lo que ignora es que la muerte de su hijo es sólo el principio del sufrimiento que la aguarda”.
LA MADRE-NIÑA, tras el traumático parto, descubrirá horrorizada que no puede controlar la orina ni las heces; padece una fístula o abertura provocada por el prolongado esfuerzo al dar a luz. Además de perder a su hijo, se verá rechazada por su marido y su familia, que no soportarán el hedor que desprende.
Las víctimas de esta herida devastadora acaban solas, recluidas en una cabaña, condenadas a una total marginación y creyendo que la fístula es un castigo de Dios.
Las que consiguen llegar al hospital de la doctora Hamlin –algunas mendigando durante años– y son operadas con éxito volverán a sentirse personas. “Lo han perdido todo –cuenta la doctora–, se han convertido en apestadas que, como los leprosos de antaño, viven aisladas y cuando caminan ven como la gente se aparta”.
P. D.: La fístula obstétrica, algo que en el primer mundo no constituye mayor problema, mata a miles de mujeres cada año en los países en vías de desarrollo y condena a las que lo padecen a un aislamiento inhumano. Sólo en Nigeria, las víctimas de este problema superan el millón.