Viajes

Intrépid@s: Kagbeni, un oasis en el camino hacia las montañas del cielo

  • Kabgeni es una pequeña aldea de Nepal, localizada en la ruta que antiguamente era utilizada por los comerciantes para intercambiar mercancías entre India y Tíbet y a orillas del río Kali Gandaki; las parcelas de sus alrededores están organizadas en terrazas cultivadas con cebada y trigo sarraceno, y son irrigadas a través de un intrincado sistema de acueductos que toman el agua de los arroyos que descienden de los picos nevados y glaciares, dándole la apariencia de un oasis verde en medio del paisaje amarillento del desierto de Lo, mejor conocido como Mustang.
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Sus casas de varios niveles y construidas con paredes de piedra y barro, están aglomeradas en su mayoría sobre una colina de la que sobresale a la distancia el antiguo monasterio budista de Kagchode Thubten Shampheling Gompa, con sus paredes de color naranja y cientos de banderas pequeñas de color azul, amarillo, blanco, verde y rojo estampadas con oraciones escritas en sánscrito mediante las cuales los budistas llevan sus plegarias al viento.

Hacia el sur, los glaciares plateados del Nilgiri Himal dominan la parte superior del paisaje, a veces interrumpido por nubes de arena gigantescas que cruzan de lado a lado el horizonte.

Hacia el norte, la ruta a Lo Manthang aparece bordeando el curso del rio sobre un valle extenso de piedra y arena que se va cerrando paulatinamente hasta convertirse en un cañón.La gente de la zona es de origen tibetano. Sus costumbres y su cultura no ha cambiado por siglos y, con la excepción de los hostales para los turistas, el modo de subsistencia continúa siendo el mismo. Cada día, desde la entrada norte se ven transitar a pastores con rebaños que llegan al pueblo y congestionan sus pequeñas calles; en tan solo una hora, antes del crepúsculo, vi tres rebaños de caballos, ponis y cabras llegar a Kagbeni, algunos desde Tangbe -la aldea más vecina al norte- y otros desde Jharkot –otro poblado medieval en la ruta hacia Muktinath.

El ganado constituye el medio de pago más importante para los habitantes de Mustang; en invierno, los rebaños son llevados hacia la parte central de Nepal donde son vendidos o cambiados por otros bienes y alimentos; aún cuando no se trata de un sistema de trueque perfecto, lo más importante para la economía de estas poblaciones lejanas no es tener dinero en efectivo, sino animales que les generen la mayor utilidad posible.

Como no existen carreteras que permitan el acceso directo desde centros urbanos más desarrollados, las jornadas entre la zona fronteriza y los lugares de comercialización se hacen a pie y pueden durar entre tres y cuatro semanas.

Aunque parezca paradójico, existe cobertura del servicio de energía eléctrica en todas las aldeas principales y no hay cortes o racionamientos como sí se presentan en Kathmandú y Pokhara, las dos ciudades más grandes del Nepal.

Como quiera que se trata de una zona desértica y con lluvias escasas, es muy común encontrar las estufas solares, una especie de artefacto metálico muy parecido a una antena parabólica, que concentra los rayos del sol en un punto sobre el cual se coloca lo que se vaya a cocinar y que logra calentar el agua en su punto de ebullición.

La gente viste sin importar la moda
. Es muy común ver a las mujeres con los atuendos típicos tibetanos, hechos de lana, y tejidos por ellas mismas, mientras que los hombres no tienen ningún vestido o traje característico. No existe por lo tanto la idea de que una chaqueta o alguna otra una prenda de vestir puedan tener mayor valor por ser de una marca u otra, lo importante es que proteja del frio, que tenga el tamaño adecuado y que sea resistente.

No hay discotecas ni bares
, pero eso no significa que no haya música. La gente ara y cultiva la tierra en familia y entonando melodías que arrullan a los bueyes y que terminan deleitando a los caminantes, casi hipnotizándolos.¿Cómo no sentir paz en un mundo donde en las noches no hay mejor espectáculo que el cielo y la luz de la luna reflejada en la nieve de las montañas? Orión predomina en las primeras horas de la noche del cielo de invierno en estas latitudes. ¿Quién, cuando es niño, no ha dirigido su mirada a las estrellas?

Quienes vivimos en las grandes ciudades hemos perdido el privilegio de poder observar la bóveda celeste y la Vía Láctea o hemos olvidado en qué fase está la luna. Aun si tuviéramos tiempo y fuéramos conscientes sobre la posición de las constelaciones y su relación con el calendario en la tierra, la contaminación y el reflejo de nuestras luces nos impedirían verlas.

No puedo dejar de creer que la gente aquí es feliz, no por el simple hecho de poder ver las estrellas más cerca del cielo y más claro que la mayoría de nosotros, no porque no carezcan de comodidades, sino por no tener lo que denomino como necesidades no necesitadas, y porque su estilo de vida está basado en cosas reales, mientras que en nuestra cotidianeidad lo intangible y lo virtual ha desplazada a la realidad.

¿Cuántas personas en este momento quisieran tener que preocuparse tan sólo de la llegada de la primavera, de la recolección de la cosecha, o del arreglo de los establos? ¿Por qué se ha perdido en contacto íntimo con la tierra, con la lluvia, con el viento, el mar, el firmamento? ¿Cuándo hipotecamos nuestras vidas a los bancos y a las tarjetas de crédito? ¿Cuántos pares de zapatos necesitamos tener para caminar más confortablemente y cuántas chaquetas nuevas cada invierno para soportar el frio?

No puedo dejar de pensar que se es más feliz cuando rescatamos el contacto íntimo con la naturaleza, cuando nuestros rollos y necesidades son más sencillos, cuando tenemos la oportunidad de salir de nuestras ciudades, de la sosegada Kuala Lumpur a la tranquilidad del Monte Kota Kinabalu en Borneo, de la alocada Madrid a la amabilidad del sur en Andalucía, de aquí a otro lugar tan lejano como Kagbeni y tan cercano a las montañas del cielo.

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