Febrero frío pero moderno; el hotel nos alojaba en Friedrichstrasse, una enorme avenida bautizada por Federico I de Prusia que, llena de tiendas, ofrecía también un escaparate silencioso a las puertas de Brandenburgo, Branderburger Tor, donde se celebraban triunfales desfiles militares...cerca el Reichstag, imponente con su cúpula moderna integrada perfectamente en una ciudad de contrastes,antiguos oriente y occidente, este y oeste.
Parece ser el centro de todo, los políticos trabajan a media o plena luz, con ventanas amplias que dan vista a la gran urbe, tan verde, tan moderna y tan antigua... Una viajera inagotable quiere verlo todo, y entrar en el Pergamon Museum es una experiencia única.
El altar de Pérgamo se alza cual triunfante escalinata antigua, y aunque dentro de paredes blancas, una cree subir por ellas con una túnica romana, unas sandalias, y múltiples estatutas clasicas a los lados, quizás para disertar sobre Filosofía. Formaba parte de un complejo con palacios reales, templos, una biblioteca y un teatro, y parece como si hubiera volado allí desde Bergamo (Turquía), para dar cita a los eruditos antiguos. Así, cual Micenas fémina, adoptada en un mundo moderno, me sentía.
Uno sale de sus salas y recordando lo que ha visto se adentra en otro mundo: el que dividió Alemania y Berlín en dos partes diferenciadas: el Check Point Charlie, donde un figurante se hace fotos con los turistas vistiendo uniforme, o el resto del Muro, el gran Muro por el que, a duras penas pasaba algún rezagado huyendo de tanta desolación.
Majestuosa, ese es el calificativo que le doy a Berlín y a su esencia, a la mitad, recordando un pasado no lejano pero sintiéndose con orgullo pantalla de la modernidad.