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Objetivo: salvar a los niños

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Annie se sienta en la cama de un hospital de Sudáfrica y acaricia a un niño que agoniza por el sida. Claudia aprieta los puños para no llorar cuando un anciano intenta regalarle a su nieto porque no puede alimentarle. Barbara sigue viendo en sueños a esa madre que amamanta a un hijo en cada pecho, sabiendo que le costará la vida. Julia intenta rescatar de un prostíbulo a una niña de nueve años. Annie Lennox, Claudia Cardinale, Barbara Hendricks y Julia Ormond quieren que la luz de la alfombra roja ilumine a niños soldados, mujeres violadas y enfermos sin tratamiento. Embajadoras de la Onu, la Unesco y fundadoras de sus propias ONG, las cuatro son activistas incansables. parte menos visible de su currículum, han recogido en Madrid el premio Save the children “Amigos de los niños”.

Cada tres segundos muere un niño en el mundo, muchos por algo tan fácil de curar como una diarrea. Otros 300.000 son obligados a luchar como soldados. A menudo, su primera prueba de valor es matar a su propia familia. “Sin importar donde hayan nacido, todos tienen derecho a ser amados, a tener educación, a disfrutar de los juegos y a ser protegidos contra abandonos y abusos”, reza la Convenvión sobre los Derechos del Niño, firmada el 20 de noviembre de 1989. Dos décadas después de este primer instrumento internacional jurídicamente vinculante, aún queda mucho por hacer. Y ellas están dispuestas a echar una mano.

Barbara Hendricks: “En el mundo hay más de 300.000 niños soldados”

Cuando habla, su voz es tan poderosa como en un escenario. Soprano y excepcional intérprete de jazz, Hendricks es una de las cantantes de ópera más aclamadas. En el 2000 recibió el premio Príncipe de Asturias, uno de los que atesora por su faceta artística y por su trabajo a favor de los Derechos Humanos. “Hay 23 países en guerra, y 300.000 niños soldados. Hay que empezar por los niños: si no tienen educación, cuando haya paz no podrán participar en la reconstrucción de su país”. Apela a la responsabilidad de la clase política y lanza dardos contra el ex presidente George Bush. “Los políticos ven que pueden jugar con el miedo de los demás en tiempos difíciles, y no se sienten mal por hacerlo”. Para vencer ese miedo hay que educar también a los niños del primer mundo. Enseñarles civismo, derechos humanos. “Las mujeres de mi generación hemos logrado mucho, pero al ver a mi hija de 20 años creo que ha habido un retroceso. Muchas chicas parecen querer ser objetos sexuales, velando sólo por su aspecto y ocultando su inteligencia a los chicos para que les hagan caso”. Y los demás, ¿por dónde empezamos? “Por la vida cotidiana. No podemos querer a todo el mundo, pero sí ser respetuosos. Hay que abrir los ojos, quizá nuestro vecino necesite ayuda. Si todos emitimos buena energía, se extenderá por el planeta”.

Annie Lennox: “Es casi obsceno no dar sentido a lo que hago”

Cuando entra por la puerta la más grande cantante blanca de soul viva según la revista Rolling Stones, la mujer que ha vendido 80 millones de discos con Eurithmics, su sonrisa desarma. Sorprende su fuerza, su mirada, su ropa de anti-diva con un mensaje contra el sida. “En este punto de mi vida, con 55 años, es casi obsceno no dar sentido a lo que hago”. Todo empezó hace seis años, cuando Mandela invitó a un grupo de músicos a tocar en Roben Island, la isla-cárcel sudafricana donde estuvo 27 años. “Nos dijo que el sida estaba provocando un genocidio. ¿Cómo ha podido pasar?”. Así que ella decidió visibilizar el virus y recorrer las zonas más pobres del sur del continente, donde hay 11 millones de niños huérfanos por el virus. “El padre se infecta, contagia a la madre, los dos mueren y sus hijos se quedan solos. Los afortunados tienen una abuela que los acoge a ellos y a otros muchos. Una generación está muriendo”. Hace dos años, Annie lanzó SING (www.annielennoxsing.com), para llamar la atención sobre el virus y su impacto en la vida de mujeres y niños. “Millones de mujeres no tienen control sobre su sexualidad, su cuerpo o la natalidad. Tenemos que enseñarlas a protegerse del sida, pero es muy difícil en países donde son violadas y no pueden recurrir a la Justicia, y donde el violador es el vecino, el tío, el amigo de su marido”. ¿La solución? “Educación, educación, educación. Yo me centro en el sida, pero los problemas del mundo son infinitos”.

Julia Ormond: “Aquí mismo, en Madrid, también hay esclavos”

Su Blackberry no deja de sonar. Aunque la tenga en silencio, cada dos minutos vibra con estruendo. Ella mira de reojo y de vez en cuando contesta y se disculpa: “Es un correo urgente de ASSET”, la ONG que fundó hace dos años y que lucha contra el tráfico de personas, el tercer negocio ilegal más rentable del mundo tras el tráfico de armas y el de drogas. Delgada y aparentemente frágil, Ormond usa toda su fuerza para apabullar con cifras y hechos: “Ahora mismo salimos a la calle y en el centro de Madrid, encuentro a un montón de esclavos”. Pero, ¿qué es un esclavo? Ella recita de memoria que “cuando una persona controla a otra, usa violencia para mantener ese control, la explota económicamente y le paga prácticamente nada”. Su ONG tiene una campaña de aviso a las empresas que usan mano de obra esclava en el Tercer Mundo. Pero la esclavitud también son niños soldados y prostitución. “Y los traficantes de hombres están conectados con la mafia y los terroristas”. Hay que luchar contra el sistema, pero también convencer a las víctimas. Y para eso, Julia cree en el poder de las películas y con Film Aid International lleva cine a los refugiados. “Mi vida es confortable, gano dinero… y debo aprovechar mi fama para ayudar a los demás a ver lo que ocurre en el mundo. Y también lo hago por mi hija, por darle un mundo mejor”, reconoce.

Claudia Cardinale: “Ahora no puedo olvidarme de los que no tienen voz”

Musa de Visconti y Fellini, y sueño erótico de millones de hombres, Claudia sigue recibiendo cada día cartas de admiradores. “Me mandan poemas y mensajes de amor. Creo que me siguen viendo como cuando era joven”, dice con su voz ronca. Y aunque sigue voluptuosa y grácil, con ese halo que sólo tienen las estrellas, sabe que ya no es la de antes, así que oculta las arrugas de los ojos tras unas gafas ahumadas y pide retocarse el maquillaje antes de las fotos. La Cardinale insiste en que no piensa en sus años, que “lo importante es sentirse activo”. ¿Cirugía? “Quiero agradecer el tiempo que pasa, por eso no me he hecho un lífting. El tiempo tiene que notarse”. Pero, ese tiempo ¿da otra perspectiva de la vida? “Sigo siendo una gata. Ahora se me puede acariciar más, pero araño”. Le envuelve el cuello una espectacular gargantilla de rubíes, atesorada durante su época dorada en el cine. “Tuve la suerte de llegar en un momento mágico, los años 60. Antes el cine era arte, ahora es un negocio” se lamenta. “Y la televisión, uff, casi todo el mundo está dispuesto a lo que sea por salir en la tele”. Embajadora de buena voluntad de la UNESCO, y luchadora incansable desde varias asociaciones por los derechos de mujeres y niños, la protagonista de “El Gatopardo” parece muy feliz con su vida tras los focos. “Cuando se tiene la suerte de haber llevado una vida tan buena como la mía, ahora no puedo olvidarme de los que no tienen voz”.

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