Por Silvia Martínez Lucas
Buscando no hace mucho en mi memoria descubrí, en un rinconcito, un baúl. Al abrirlo quedé maravillada.
Miles de recuerdos emergieron y comenzaron a dar vueltas sobre mi, deseando ser todos protagonistas de ese momento. Encontré imágenes, palabras, anécdotas, personas, libros, películas, ilusiones, creencias...y todo había estado en aquel pequeño baúl, esperando a que algún día yo lo abriera y me diera cuenta de lo plena que había sido mi vida.
Pasé muchas horas compartiéndo mi tiempo con aquellos recuerdos: viajes, amigos perdidos en el tiempo y la distancia, reuniones familiares cuando todavía no había tantas tristes ausencias, aquellas Navidades en las que existía la magia de creer en todo, aquellos castillos de arena en la orilla de una cristalina playa que olía inmensamente a sal, aquel primer amor al que jamás pude (y mira que lo intenté) olvidar, aquella película que llenaba la existencia cada vez que la veía, ese libro que me hacía sumergirme y olvidarme de lo que acontecía alrededor, aquella amiga de la infancia con la que no hablaba desde hacía mucho tiempo...
Y me puse a pensar en la gente y las cosas que tenía en el presente, que aún formaban parte de mi vida. Y comprendí que los recuerdos buenos podían llenar una existencia presente, pero que para seguir cosechándolos había que vivir bien cada momento que nos quedara en este mundo.
Volví a esa playa, llamé a esos amigos y salvé las distancias, ví esa película y leí aquel libro. Me reuní con mis familiares y recordamos a los que faltaban.
Para seguir llenando de buenos recuerdos aquel baúl, debía seguir llevando una buena existencia. Yo era la única responsable de lo que había en ese baúl, y en la medida de lo posible debía introducir solo recuerdos buenos. Solo así podía sentirme plena y feliz al mirar hacia atrás.
Haz de tu existencia un tesoro, de forma que cuando mires hacia atrás te sientas orgullos@ de haber vivido.