Iluminación tímida

Mary Carmen G.de la Rosa

Iluminación tímida

No podía dormir. Tenía miedo y con sigilo me levantaba colocándome lo primero que encontrarle para no helarme en aquella enorme habitación. Me gustaba mirar por los cristales helados, tenía que limpiarlos de la escarcha de la noche.

Mi naricilla y mi ojos curiosos esperaban no sé, algo que se moviera en aquella solitaria calle de mi pequeño pueblo soriano. Sólo se movía la bombilla que iluminaba tímidamente la calle. ¿Cómo puede una bombilla y su ritmo haber impactado tanto en mi vida? En muchas ocasiones difíciles, en momentos de tremenda soledad me he acordado de aquella luz moviéndose y yo observándola.

De pronto, un hombre encorvado al lado de un viejo caballo con su serón con paso lento se acercaba. Lo reconocí, era el tío Aquilino ¿Dónde iría tan temprano? Esperaba a ver si oía las campanas de las Concepcionistas. Eran las 5 de la madrugada y él ya se marchaba al campo a trabajar. No entendía con mis escasos años lo duro que era aquello. Ni por qué era tan viejo. Tendría por lo menos 40 años pero su tez era como la de un hombre de muchos más.

El aire del Moncayo le había curtido y dejado surcos en su rostro. Debajo de aquella boina y enfundado en un chaquetón roído de paño marrón, encorvado y con poca prisa iba hacia los campos que le dejó su padre. Conocía a su hija y a veces íbamos a su casa a merendar.

Eran pobres porque no tenían un piso como yo. Tenía una vieja casona a las afueras del pueblo. Siempre hacía frío y nos metíamos en aquella enorme cocina en la que siempre había una gran olla de agua hirviendo en el fogón. Su madre nos daba de merendar pan con vino. El pan estaba duro, pero me gustaba. Lo prefería al jamón serrano de mi casa. Siempre estaba haciendo algo. Bien limpiando la gallina que acababa de matar, bien haciendo ovillos de lana para tricotar por quinta vez un jersey bien rezando.

Cuando yo iba a mi casa y comentaba que eran pobres, mi padre sonreía
. Por su privilegio en una sucursal bancaria sabía que aquel hombre que yo tenía tanta lastima poseía suficiente capital en tierras como para tener una hermosa casa y no tener que levantarse a esas horas. Pero era su vida. No sabría vivir de otra manera.

Si le había dejado su padre un trozo de tierra él tenía que dejar el doble a cada uno de sus hijos. Y por qué no una carrera. Soñaba con tener un hijo maestro, otro enfermero y una hija monja, pero para eso había que trabajar duro.

Volvía el silencio en la casa y el vacio en la calle. Sólo el viento movía la luz. Ignoraba por qué no me sentía en mi casa tan a gusto como en casa del Tío Aquilino. Ellos diariamente me daban una hermosa bandeja de plata llena de amor. Yo prefería la bandeja de barro que se servia en aquella casona.

No sabía por qué me cautivaba tanto lo que veía desde la ventana de aquella fría casa con techos altísimos. Sabía que ahí fuera había algo que me llamaba a que lo descubriera. Y ¡lo descubrí!.

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