El hall principal de la Madrid Cibeles Fashion Week a las nueve menos diez de la noche del lunes no dejaba lugar a dudas: el desfile con el que se cerraría la primera jornada no podía correr a cargo de otra que no fuera Ágatha Ruiz de la Prada. Las señas de identidad tan características de la madrileña delataban a muchas de sus incondicionales, que no dudaron en acudir al desfile envueltas en un arcoiris de color y formas.
Junto a las cientos de personas anónimas que abarrotaron el que, sin duda, fue el desfile más ovacionado del día, el maridísimo de la diseñadora, Pedro J. Ramirez; otro director de la competencia, Luis María Ansón; la omnipresente Covadonga O’Shea (a la que no sólo le valía con hablar con su vecino de al lado, sino que se comunicaba por señas con el otro lado de la pasarela); el Ministro de Cultura César Antonio Molina, que cogía el testigo de su colega Magdalena Álvarez en el universo de Cibeles; Rosa Villacastín junto a un chirriante (sobre todo por las deportivas "tipo" Converse, porque la vista no me alcanzaba a ver la marca con nitidez, en color plata) Octavio Acebes; el Embajador de Francia, según se comenta por los mentideros de la prensa; una encargada de la organización que, para comprobar si estaba en la lista de los invitados ilustres, pedía el nombre a una Espido Freire fiel a su palabra (por la mañana me aseguraba que casi nunca vestía de negro, pero que esa noche para el desfile de Ágatha lo elegiría) mucha sesentona vestida de rosa subrayador; y varios niños de uniforme (ese día empezaba el cole) acompañando a mamá; fueron testigos de dos de las más sonadas novedades de esta 48ª Edición de la antes conocida como Pasarela Cibeles.
La primera, la llegada a la pasarela de un clásico internacional del verano: las sandalias acompañadas de calcetines. En vez de los típicos blancos de deporte a la altura de las canillas, Ágatha combinó sus zapatos de verano, todos ellos de plataforma, con unos calcetines por encima del tobillo en color naranja flúor. El eterno retorno de la moda, lo llaman algunos expertos...
La segunda, la sustitución, por fin, de los famélicos pasos de caballo percherón de las modelos, por modelos que ¡andan como personas normales! Sí, sí, como lo leen. Las modelos de Ágatha tenían el centro de gravedad de su cuerpo en su sitio y hasta se atrevían a contonear las caderas como en su día hicieran Claudia, Cindy, Naomi, Elle y compañía... A-lu-ci-nan-te, ¿no les parece?
El punto negativo, vino del lado técnico. El uso de dos intensidades lumínicas diferentes a lo largo del recorrido de la pasarela trajo por la calle de la amargura a los periodístas gráficos que, si fotografiaban a las modelos según salían del backstage, las sacaban muy oscuras; y si, por el contrario, las retrataban cuando posaban cerca de ellos, la piel salía extremadamente blanca....
El final de la jornada, después de casi 12 horas de desfiles y más desfiles, había dejado a las modelos exhaustas y Ágatha, muy considerada, les colocó unos cómodos pufs en la pasarela en los que las maniquíes se dejaron caer para recargar fuerzas, porque el martes, señores, más y mejor.
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