Redaccion

Blas

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Una vez fui perro europeo... No tuve que hacer ningún trámite especial, nada de papeles ni solicitudes. Me subí al maletero del coche de siempre, tiempo, tiempo, tiempo, parada-pis-agua, tiempo, tiempo, tiempo, me bajé, ¡vamos Blas!, y “vualá” fuí perro francés.

Yo me creía can de mundo porque mi familia viaja siempre conmigo y por eso había estado en Cádiz, Euskadi, Lisboa, Asturias, Cantabria,.. Feliz era siendo perro gallego, can galego, chuquelo, cadelo, en fin, un digno animal del terruño. Sin embargo, fui europeo y todo cambió para mí.

En Europa descubrí un nuevo lugar para los animales de compañía: exactamente el mismo que en cada momento ocupa su dueño. Yo vivía acostumbrado a las incómodas peleas de mi familia con los individuos custodios de las inescrutables entradas. Ponía dientes de bueno e intentaba contener todos mis pelos en su lugar para parecer muy limpio y saludable. Aún así mi destino más frecuente era la alfombra de la puerta de los establecimientos, donde permanecía con mi dignidad herida y mi educación cuestionada.
 
Pero cuando fui europeo todo cambió: caminé orgulloso por el metro, pasee mi rabo alegre por cafeterías y restaurantes, visité bostezando aburridos monumentos y museos, hice compras en elegantes centros comerciales y corrí en preciosos parques con áreas para mis juegos. Para mi tranquilidad constaté que ninguna plaga ni peste mortal asola la población francesa a pesar de ser tan generosos y permisivos con sus mascotas. Falsa certeza la de mi pais, que nombra insalubre, aventurado, peligroso e inmoral el que los perros compartamos espacio con las personas.

He oído en círculos perrunos que también son europeos los canes de Berlín, Londres, Amsterdan,… y me pregunto: ¿para cuándo nosotros europeos? Gracias a mi familia por convertirme en perro trotamundos, culto y europeo. Au revoir.

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