Duc, mi pastor alemán, es mi chucho y mi colega: el que me secunda, entusiasmado, cuando recojo un nuevo gato; el “papá” de mis felinos, a los que les encanta dormir pegados a su hermano mayor ¡es enorme y da mucho calor!
No somos núcleo zoológico porque no tenemos suficiente variedad, aunque, en casa, hay cuatro gatos (uno de ellos acogido y buscando adoptante, Tigris, el peluchón vizcondés cruce de siamés), Duc y… yo. Veinte patas y dos patazas trotando alegremente por la casa.
Duc tiene trece años y medio y sigue siendo, en muchos aspectos, el mismo cachorrillo de siempre, aunque tiene sus pequeños achaques. Poco a poco, nos vamos acostumbrando a que es viejito y nos adaptamos a sus nuevas necesidades, como que ya no puede correr tras una pelota porque tiene la espalda mal y es tan brutote que se hace daño o que está sordo como una campana y no me oye cuando lo llamo.
Aun así, siempre está dispuesto a salir a pasear y a corretear y a jugar con sus gatos. Desde hace unos meses me comunico con él por signos (movimientos exagerados de brazos que me hacen parecer una loca…) A Duc le encanta ir de viaje. Cuando preparo su equipaje (cortesía de una marca de pienso), se vuelve loco de alegría. Juntos hemos viajado por media España y lo que nos queda por recorrer… Antes viajaba en el amplio maletero de mi coche, actualmente, como tiene problemas para subir, viaja en el asiento de atrás, sobre su manta perruna.
Sí, nos vamos adaptando. Es mi colega, el que está siempre en casa haciéndome compañía, el que me mira con cara de pena cuando me encuentro mal y se tumba a mis pies, el que sabe interpretar mi estado de ánimo, el que me acompaña en mis paseos. Soy su colega, la que le hace bromas y le llama pequinés o chihuahua, la que le lleva a explorar nuevos caminos, la que sabe qué siente con sólo mirarle la cara, la que sabe dónde rascarle para que vuelva a ser un cachorrito mimosón…
Nuestra relación es de mutua y total confianza. Duc es, en gran parte, responsable de que superara el miedo a los gatos que te imprime el desconocimiento (sí, la leyenda negra de que son egoístas y traicioneros y te pueden arañar cuando menos lo esperas…).
El primer gato que hubo en mi casa, Misifú, entró porque Duc así lo quiso. Era de la vecina y llegaba a mis dominios a través del jardín. Duc lo adoptó. Ahora, además de bailar con lobos, duermo con gatos. Cuando Misifú murió, adopté a Marlene, la princesa tigresa. Y luego, a Lilith, la pantera negra encantadora de humanos. Y, diez días después, me adoptó Fénix, el trasto, que, con tres meses y enfermo, me vio en la calle y se acercó a mí.“Es tu día de suerte” –le dije, y me lo llevé al veterinario con la intención de curarle y darlo en adopción. Pero, en realidad, no fue su día de suerte, fue el mío.
¿Cómo se puede dar en adopción a un gato por el que has luchado lo indecible para que sobreviva y te mira confiado con sus enormes ojos redondos y con cara de adoración?, ¿cómo puedes dejar marchar a un gato al que llamas por el nombre y viene corriendo trotando como un perrillo destartalado esté donde esté?, ¿cómo se puede dar en adopción a un gatito que es tan cariñoso como trasto y que es tan listo que se las ingenia para abrir puertas y para solventar los problemas prácticos que se encuentra a su paso haciendo que sus garras sean casi manos?
Duc es viejito y no estoy preparada para lo que puede suceder más temprano que tarde. Nunca lo estaré, porque él es parte de mi familia: el que siempre está ahí para compartir penas y alegrías, el que acude a mí cuando tiene un problema, el que escucha ladeando la cabeza de un lado a otro cuando le suelto un discursito que no entiende… Son siete años desde que lo adopté y forma parte de mi vida.
No, no estoy preparada, pero, cuando llegue el momento, le ayudaré y le apoyaré como he hecho siempre, como ha hecho él conmigo siempre, y, mientras tanto, seremos felices en nuestro zoológico particular; un mundo de armonía y paz donde los animales son tratados con respeto y cariño y donde cada uno tiene su espacio y derechos, incluso el derecho a ser perdonado por hacer travesuras como morder y destrozar los papeles importantes (Fénix), dejar el mantel hecho unos zorros (todos los gatunos), dormir dentro del armario y llenarlo todo de pelos (Marlene), robar, en un despiste, un brownie entero y comérselo sin dejar una miga (Duc), sentarse sobre el botón del escáner y escanear repetidamente el vacío (Lilith), saltar sobre el portátil y borrar totalmente el texto que estaba escribiendo (Fénix, ¿cómo no?), usar el bajo del sofá para desplazarse como la niña del exorcista (Tigris)… Porque son sólo pequeños inconvenientes que quedan ampliamente compensados por la magia de estos seres fascinantes.
Mis animales me han dado mucho y, entre otras cosas, me han enseñado a perdonar y a sonreír ante los pequeños tropiezos de la vida. Os deseo que encontréis a un animal como compañero porque no sé si nos hacen mejores personas, pero estoy segura de que nos hacen más felices.