Redaccion

Khan

Aún no hemos traspasado la cima de la última montaña que nos separa de la aldea y ya nos llegan los salados aromas de la ría. Khan, mi perro, se yergue y comienza a rabear. Se muestra alegre, el suave endavalito nos trasporta ese olor a mar brava que despiden las algas que se pudren sobre los arenales, ese aroma que nos es tan familiar y aunque aún no vemos el océano. Khan, que no entiende de mapas, se percata de su proximidad. 

Hemos partido de San Sebastián antes del alba. En la oscuridad, quizás por ese temor atávico que padecemos cuando nuestra visión está velada, agudizamos los sentidos y en esos momentos los distintos olores nos son más perceptibles. Esta madrugada olía a agrias saudades con esa mezcla del dulzor que le otorgan las esperanzas.

Siete horas sin bajar del automóvil, son muchas horas para un perro pequeño que está acostumbrado a corretear, desde muy de mañana, por los arenales de la costa y los jardines del parque, olisqueándolo todo, descubriendo el imperceptible aroma de cada florecilla, marcando en cada tronco, en cada esquina, en cada nuevo retoño, su dominio territorial por medio de la orina.

Hemos partido envueltos en el aroma humeante que expele la tierra fabril de Guipuzkoa,
nos hemos adentrado lentamente —recorriendo las curvas mareantes del camino— en las fragancias alavesas de patatas recién cosechadas. Y casi sin darnos cuenta, hemos recorrido durante horas la reseca estepa castellana de olores ocres y pardos paisajes, hasta llegar al Bierzo de tierras enrojecidas por el hedor del hierro que germina en sus entrañas, la antesala de esta húmeda Galicia, hoy desteñida con el vaho profundo de los invasores eucaliptos que roban los efluvios de los carballos.

Cansados de viajar durante siete eternas horas ahogados en olores ajenos: los hedores de gasolina sin plomo y gomas quemadas por el roce de los frenos. Khan percibe, y lo hace notar con sus inquietos movimientos, que estamos a punto de alcanzar la meta y pronto, al doblar la cima de esta ladera, veremos al fondo de la ría, la mar aparentemente quieta, como si agonizara de morriñas por nuestra ausencia.
 
¿Por qué la mar huele diferente en cada costa? Si Khan pudiera hablar, quizás me desvelaría el secreto de por qué esa mezcla de olores salados es más embriagadora entre las nostalgias, más benigna en el asueto, más amarga en la distancia. Ladra. Ladra Khan de alborozo al saberse ya en la aldea. Alza sus patas sobre la ventanilla del coche y saca su hocico como queriendo atrapar, egoísta, todo el aroma que inunda el valle.


Lo miro con ternura, lo intuyo feliz y él responde a mis pensamientos lamiendo mi cuello
. No es consciente de que no puedo distraerme, que conducir es un riesgo y que las celebraciones deben esperar a que nos detengamos. Lo intuyo tan ansioso por bajar del coche y festejar el encuentro con la tierra bañada por este mar ennegrecido de lutos, que decido detenerme a la orilla de la playa del Osmo. No me da tiempo a abrirle la puerta, salta desde la ventanilla y corre… corre a retozar sobre la arena. Se revuelca una, dos, diez veces, quiere desnudarse de olores ajenos e impregnar su cuerpo del aroma familiar de esta mar que abandonos hace días y que él tanto extraña. Ya estamos en casa.

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