Redaccion

Marsha

Eran más o menos las cuatro de la tarde de un miércoles del pasado mes de Septiembre. Iba conduciendo mi coche por una calle transitada de Valencia cuando de repente vi un perro grande cruzando entre los coches. Lo siguiente fue el frenazo de un coche y el perro dando saltos de dolor en el suelo. Los coches empezaron a esquivar al perro hasta que fue a parar justo delante de una de las ruedas de mi coche. No sabía qué hacer, me quedé bloqueada durante unos segundos. O literalmente pasaba por encima del perro o me bajaba del coche a ayudarle, que fue lo que hice.

Estuve una hora y media acompañando en el dolor al perro, que resultó ser una perra; la pobre no dejaba de jadear y las personas que pasaban por la calle aseguraban que no iba a sobrevivir. Llegó la policía y al final unos chicos de la sociedad protectora de animales se la llevaron en una furgoneta.

A los días localicé a la perra, que estaba hospitalizada en un centro de la protectora; tenía la cadera fastidiada y quizás habría que amputarle una de las patas delanteras. Estuve dos meses yendo los fines de semana a sacarla a pasear y me permitieron llevarla a un veterinario especialista en traumatología.

Al final una cosa llevó a otra y hace un mes mi pareja y yo adoptamos a Marsha, que es como la bautizamos. Nos han dicho que debe tener cinco años, cuando la atropellaron no llevaba correa ni chip, y suponemos que la abandonaron, porque no se despega de nosotros. Además nadie fue a buscarla a la protectora.

Ahora estamos en las primeras semanas de adaptación al cambio en nuestras vidas, tanto para nosotros como para ella, ya que nunca nos habíamos planteado tener un perro, pero estamos muy contentos. Marsha se encuentra bien, no le han tenido que amputar ninguna pata y le encanta ir detrás de su pelota, aunque corre un poco raro por las secuelas del golpe. Y esta es nuestra historia, la de Marsha y la mía, Laura, la historia de un atropello con un final feliz.

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