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Rosco

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Rosco, que así se llama mi mejor amigo, un Irish Water Spaniel de color marrón anaranjado y blanco, apareció en mi vida después de pensar durante un tiempo, cosa que debería hacer todo el mundo, los cambios que dicha decisión afectarían a mi tranquila vida. Pasó sus primeros meses en la oscuridad de una cochería, después de ser rechazado como regalo al más pequeño de una buena familia, donde le sustentaban la comida necesaria para vivir.

Nuestro primer encuentro ya me dejaba entrever lo que nos esperaba. Él empezó a saltar, correr, ir de un lado a otro, abalanzarse sobre mí, lamerme y yo no podía parar de reír, gritar, saltar y dejarme llevar por la emoción. Nos fuimos a casa con mi primer suéter roto, y la certeza de que nada sería como antes. De eso hace ya siete años y el cariño no ha dejado de crecer.

Hace un par de años llegamos a casa y Rosco no estaba. Pasaban los días y las noches y las visitas a los veterinarios, perreras y parque no cesaban, la desesperación casi llegaba a su fin. Una noche, en la que se cumplía un mes de su desaparición, y decidimos que retiraríamos sus juguetes, sus mantas y sus huesos, las luces alumbraron a nuestra llegada, y un ser que se tiró sobre mí, con las plantas de las patas ensangrentadas de tanto correr, más delgado, pero sonriente. No podíamos creerlo, ¡era Rosco que había vuelto de no sabemos dónde para estar con nosotros! La Felicidad era inmensa y las lágrimas no dejaban de brotar.

Ahora tiene ya casi ocho años y su alegría contagiosa se esparce por todos los rincones de la casa. Sus hobbies preferidos son, haciendo honor a su nombre, nadar en verano y en invierno, en la playa, piscina o en la bañera, correr y correr, hacer socavones en la arena, colocarse frente al frigorífico horas y horas a esperar que por arte de magia se abra y aparezca un trozo gigante de queso, dormir en el sofá bien tapado o tumbarse en mi regazo a que le haga un buen masaje perruno.

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