Redaccion

Tas

  • Comentarios

Una mañana de agosto de 1998, paseaba junto a una amiga por una de las calles de Santander, cuando de repente comenzó a llover, lo que nos llevó a resguardarnos en unos soportales, al entrar ahí vimos un perrito pequeño, un cachorrito que no dejaba de mirarnos.  En esa mirada pude percibir tristeza y miedo a la vez, con palabras cariñosas conseguimos que se acercara a nosotras. "Que perrito tan bonito, ¿estará abandonado?", le dije a mi amiga. Ella me contestó: "no sé, quizás sea de alguien de esta zona o se ha perdido. Pero no tiene ningún collar que lo identifique".

Entretanto dejó de llover y cuando nos pusimos a caminar de nuevo el perrin nos perseguía, así que, ni corta ni perezosa, le cogí y me lo llevé a casa.

Pobrecito, estaba muy sediento y hambriento. Después de discutir ligeramente con mis padres, me permitieron quedarme con él. El siguiente paso fue llevarlo al veterinario para que le mirase. Éste me dijo que el perro había estado abandonado bastante tiempo y que estaba muy malito, pero que trataría de sacarle adelante. ¡Vaya si le curó! Once años más tarde está con nosotros eso si con los achaques propios de su edad pero muy feliz.

Nunca olvidaré el día que le encontré. Ese día encontré un amigo de verdad; un amigo a quien he educado, con quien he jugado, he ido de excursión y, aunque a veces le haya reñido, es para mi como un hijo, porque aunque sé que es fuerte decirlo, es así como lo siento

Publicidad
Publicidad
Publicidad