Consumo

Concédete un respiro... ¡y no te sientas culpable!

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En un mundo donde el progreso se asocia con la actividad incesante, la velocidad de la vida aumenta cada vez más debido al impulso de las tecnologías, y la urgencia se ha convertido en la regla en vez de la excepción, debemos decir: ¡alto!, mirar hacia dentro y darnos un respiro.

Probablemente al principio le cueste mucho e incluso se sienta un poco culpable. Quizá se haya olvidado de poner en práctica una costumbre que socialmente parece reservada exclusivamente para los dos extremos de la existencia, la infancia y la ancianidad.

Destinar un tiempo de cada jornada a simplemente “no hacer nada” y darnos un respiro, puede parecer un pecado ante los ojos de una sociedad dónde hasta al ocio le se le han puesto “apellidos” relacionados con su aprovechamiento: creativo, improductivo, saludable… .

Pero vale la pena intenta cesar la actividad y desacelerar el frenético ritmo de vida en que vivimos, porque la recompensa de este ejercicio es considerable.

El “no hacer” permite generar un espacio de encuentro con una de las personas con las que más estamos en contacto pero a la cual menos conocemos y solemos atender: nosotros mismos.

La terapeuta Maite Artiaga, que imparte cursos de "Educación para el Despertar", aconseja dedicar una o dos horas al día, al "dolce far niente", de manera consciente, dedicándose a estar a solas con uno mismo, sin ocupaciones ni preocupaciones.

Hemos de reservar un tiempo para encontrarnos, sentir nuestro cuerpo, conectar con nuestras emociones, querernos, hacernos conscientes de las cosas positivas que hay en nuestra vida”, sugiere la experta.

Cada persona ha de dedicar su particular tiempo de “no hacer nada” a lo que prefiera, desde ver la tele, leer un libro o escuchar música, hasta ordenar la habitación, dar un paseo, ir al cine, o acudir la peluquería: la cuestión es relajarse, estar de la manera más tranquila posible.

DE LA INACTIVIDAD A LA TRANQUILIDAD

Cuando el cerebro toma nota de que habrá un tiempo libre y relajante, se produce una sensación de disfrute y tranquilidad previos, como si ya se viviera en esa situación, y descansan la mente y el cuerpo por anticipado”, explica Artiaga.

Otro ejercicio útil para desengancharse del bullicio y la hiperactividad cotidianas y recomendado por esta terapeuta consiste en “dejar de hablar, para escuchar la voz interior”.

En este caso, el silencio no es la actividad, sino la propia voz, lo cual también puede aportarnos abundante información sobre nuestros patrones mentales y emocionales.

El primer paso es delimitar un espacio de tiempo determinado en nuestra vida; lo ideal son dos horas, pero se puede empezar por menos, un cuarto de hora. Durante ese lapso se mantendrá un silencio absoluto.

Esta sencilla práctica es muy provechosa para aquellas personas que gustan exagerar en la exteriorización de sus emociones, así como para detener el flujo desbocado de los pensamientos y también para los individuos hipertensos e hiperactivos.

Al permanecer callados de manera consciente conseguimos una interiorización que supone en muchos casos detener la cascada emocional de frases y conceptos en la que solemos estar inmersos, reducir el flujo de actividades y potenciar la comunicación creativa”, dice Artiaga.

Permanecer “en brazos de la Madre Tierra”, es otra forma placentera de “no hacer”. Además, ayuda a paliar el escaso contacto con los distintos entornos naturales, con el cual cada persona tiene especial afinidad y el cual suele ser motivo de trastornos y malestar.

El ejercicio consiste en tenderse sobre el césped, boca arriba, respirar con tranquilidad y sentir como uno se relaja y descansar sobre el planeta que nos sostiene.

Se trata de dedicar un rato a sentir lo grande que es el mundo por debajo del suelo, confiarle el peso de nuestro cuerpo y todo lo que nos pesa en la vida y dejar que la que la fuerza de gravedad lo atraiga hacia el centro del planeta.

El sentimiento de protección, apoyo y seguridad que nos da nuestro hogar terrestre nos reconforta y hace sentir acompañados”, explica Artiaga.

Andar descalzos sobre la arena, el césped o la tierra, favorece la salud de los pies y la mente. Escuchar el agua de los ríos, arroyos, nadar en el mar, pasear por un bosque, un parque o el campo, cultivar la huerta o el jardín, o contemplar los valles o cumbres, son otras opciones para conectar con la Naturaleza.

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