Agencia EFE

Foto: El mundo del hampa se cita en un templo budista para el festival del tatuaje
Nakhon Phatom (Tailandia), 12 mar (EFE).- Miles de personas, incluidos policías y delincuentes, coinciden todos los años en la ceremonia de los tatuajes que celebra un monasterio tailandés y en la que, entre ataques de trance, esperan recibir poderes sobrenaturales que les protejan de cualquier peligro.
Los participantes emulan a los guerreros tailandeses que hace varios siglos se tatuaban animales convencidos de que esas figuras les defendían en las innumerables guerras que libraban con los ejércitos de los reinos vecinos de Birmania y Camboya.
El templo de Bang Phra ("Pequeño Buda"), situado a unos 50 kilómetros al oeste de Bangkok, es muy popular entre quienes creen que los tatuajes que graban sus monjes les convierten en personas invulnerables ante accidentes o disparos.
Cerca de tres mil personas abarrotaron el pasado fin de semana la explanada de esta conocida pagoda budista para rendir respeto al que fuera su abad, el fallecido Luang Phor Pern, cuya figura en bronce preside el lugar.
Durante la ceremonia, llamada "wai khru" (respeto al maestro), muchos de los asistentes entran en estado de trance, según aseguran, debido a los flujos de energía que les llegan a través de sus tatuajes.
Un joven de melena larga y con el pecho cubierto de llamativos dibujos se levanta y comienza a moverse como si se tratara de un tigre y sus manos fueran las garras.
En una carrera impetuosa, el joven se abalanza sobre la escultura de Luang Phor Pern, y allí es bloqueado por los soldados y voluntarios que, tras hacerle un masaje facial, consiguen que vuelva en sí.
Repuesto, efectúa una reverencia al abad y regresa solemne a su sitio para meditar sentado sobre el suelo con las piernas cruzadas.
En ocasiones, son decenas los que a la vez entran en trance y se lanzan en volandas hacia el cordón de seguridad que protege la representación del venerado monje.
"Por un par de minutos, entran en trance y son poseídos por el espíritu del animal que tienen tatuado", afirma a Efe el antropólogo de la Universidad de Jerusalén, Erik Cohen.
Algunos tiemblan durante varios minutos y profieren gritos guturales, mientras que otros aletean los brazos como los pájaros (dios Garuda), gesticulan como monos (dios Murugan) o se mueven de forma similar a los reptiles (diosa Naga).
Los gritos desgarrados se convierten en una cacofonía que compiten con los avisos que los monjes hacen por medio de un sistema de megafonía y las voces que dan los vendedores ambulantes que ofrecen refrescos y comida.
"La tradición de los tatuajes con poderes protectores proviene de la tradición brahmán o hindú del antiguo Imperio Jemer, así como de las creencias animistas", explica Cohen.
"Luang Phor Pern se hizo famoso en los años setenta por los tatuajes que realizaba y, antes de morir, legó su saber a cuatro monjes del templo", apunta el antropólogo.
Los grabados budistas sobre la piel se realizan exclusivamente con tinta negra y, además de formas animales, incluyen símbolos y letras del alfabeto tailandés.
La actriz Angelina Jolie los hizo famosos en Hollywood y en el resto del mundo tras poner su piel en manos del famoso tatuador tailandés Ajarn Noo Kanpai.
Aunque muchos delincuentes comunes se tatúan para protegerse de peligros durante sus fechorías, los monjes aseguran que éstos no tienen efecto si no se lleva una vida virtuosa y de respeto a los preceptos budistas.
El taxista Monkhol Srirunfglueng, de 40 años y que empezó a tatuarse hace dos décadas, asegura que sus días de peleas y drogas terminaron tiempo atrás.
"Pasé nueve años en la cárcel por peleas y drogas, pero ahora me he centrado en la meditación y respeto a mi prójimo", dice Srirunfglueng, quien todavía conserva ciertos ademanes agresivos propios de los pandilleros.
En el ritual de Bang Phra del pasado fin de semana, también se dieron cita varios ex soldados canadienses y al menos otro inglés que lucía en la piel de su espalda un tigre, la especialidad del monasterio
"No me meto en muchos líos, pero es mejor prevenir, ¿no?", espeta el ex militar británico Saph Stwart.