Ana Calvo
Parece obvio que no consumen los mismos tipos de alimentos una mujer adulta que un bebé de apenas unos meses, ni tampoco comemos con la misma frecuencia ni hábitos. Sin embargo, salvando las distancias, ¿sabemos qué y cómo debemos alimentarnos según el periodo de nuestra vida en el que nos encontremos? Las mujeres especialmente, debido a los diferentes cambios hormonales que sufrimos a lo largo de nuestra vida, debemos saber cuáles deben ser aquellas rutinas alimentarias que debemos seguir con el paso de los años para que nuestro organismo se encuentre siempre en perfecto estado.
A pesar de que es cierto que cada metabolismo es un mundo y no siempre lo que a una persona le sienta bien surte el mismo efecto en otra, lo cierto es que hay una serie de pautas que todos (y, sobre todo, todas) deberíamos seguir para que nuestra edad y alimentación sigan caminos paralelos.
No existen trucos milagrosos, ni tampoco dietas mágicas, pero si tienes un poco de orden en tus hábitos de consumo de alimentos y apuestas por determinados ingredientes en tus comidas, seguro que tu cuerpo, y también tu mente, te lo agradecerán.
Adolescentes y comida, un matrimonio complicado
Los trastornos alimenticios están a la orden del día, quizá provocados por el excesivo culto al cuerpo que de unos años a esta parte ha alcanzado límites infinitos. Anorexia, bulimia y otros menos conocidos como la vigorexia (la adicción exacerbada al ejercicio físico) suman cada año miles de casos nuevos y, desafortunadamente, no pocas muertes debido a los desarreglos físicos y psicológicos que se cobran.
Los hábitos alimenticios que se adquieren en la adolescencia se conservarán en la edad adulta y, si son desaconsejables, pasan facturas a menudo demasiado caras. La adolescencia es la época de mayores necesidades de energía y nutrientes, nuestros huesos sólo ganan calcio hasta los 20 años y si no los alimentamos bien, el esqueleto será siempre débil. En un periodo de apenas unos años, nuestro organismo se transforma en un cuerpo adulto, con necesidades de nutrientes mayores. Además, es una de las épocas con mayor desgaste energético derivado del estudio o el ejercicio, por lo que una alimentación saludable será determinante para tener un rendimiento intelectual y físico adecuado.
¿La clave? Consumir todo tipo de nutrientes, mantener una dieta rica y variada, no saltarse comidas, ser dinámico y hacer ejercicio y no obsesionarse con el peso.
Embarazo y lactancia: mucho más que tú
Entre, aproximadamente, los 20 y los 50 años, nuestro cuerpo experimenta una serie de transformaciones hormonales complejas a las que debe acompañar una revisión de nuestros hábitos alimenticios.
Durante el embarazo, la alimentación es esencial en el desarrollo del feto. La dieta, según los expertos de Alimentación y Vida, debe seguir siendo variada y debe incluir todos los alimentos de la pirámide, “aunque variando el número de raciones” pues sufrimos un aumento de las necesidades energéticas, de calcio, de ácido fólico (su deficiencia durante la gestación se asocia al desarrollo de defectos del tubo neural), de hierro o de yodo (su carencia compromete el desarrollo neurológico fetal). Además, se aconseja estar bien hidratada, consumir fibra y evitar alimentos muy grasos, de difícil digestión o con mucha cafeína.
La comunidad médica aconseja la lactancia materna durante los seis primeros meses de vida del bebé, aunque poco a poco se vayan incorporando nuevos alimentos según pasan las semanas del recién nacido. Por ello, durante este periodo la madre debe alimentarse de acuerdo a las necesidades energéticas que tenga, mayores en muchos casos que durante el embarazo. Además, es fundamental que se beba mucho agua, se aumente la ingesta de calcio y se intenten “descubrir” aquellos alimentos que dan un sabor desagradable a la leche (se puede comprobar por la reacción del bebé) para eliminarlos en la medida de lo posible.
Menopausia, cambios hormonales a flor de piel
La menopausia es una de las etapas en la vida de la mujer en las que más variaciones hormonales se producen, derivados especialmente de los cambios en su ciclo reproductor. La masa ósea disminuye debido a la reducción de producción de estrógenos, el colesterol puede aumentar por el aumento de lípidos en sangre y, a algunas mujeres, les afecta en el factor psicológico.
Para intentar amortiguar tantos cambios repentinos, tu alimentación puede ser una buena baza. Apuesta por una dieta abundante en verduras, frutas y hortalizas, cereales e hidratos de carbono; el aceite de oliva como fuente principal de ingesta de grasas, pero con moderación; los lacteos desnatados; el pescado, especialmente el blanco, con menos calorías… Además, es preferible comer a menudo y en pequeñas cantidades, en horarios regulares.