Isabel Menéndez

Autor: TESA
El cuerpo refleja en muchas ocasiones los problemas emocionales a los que no sabemos
enfrentarnos. Lo mejor es canalizar estos avisos.
El cuerpo, que tiene una historia afectiva y emocional, es en ocasiones el vehículo para mostrar un conflicto. Todos tenemos un punto débil: la cabeza, la garganta, el estómago, el intestino, la piel, los ojos... Cualquier parte del cuerpo es susceptible de enfermar cuando hemos sobrecargado nuestro psiquismo de afectos que no podemos elaborar mentalmente. El cuerpo se lamenta cuando la mente sufre, pues está sujeto a influencias psíquicas. Hay personas que tienen más dificultad para nombrar lo que sienten y entonces somatizan los conflictos. En estos casos, la energía mental queda libre y ejerce una presión exagerada sobre un órgano, que enferma. Esta parte del cuerpo nos señala algo no sólo de nuestras características corporales, sino también de las psicológicas.
Los afectos son exteriorizados con frecuencia a través del cuerpo, pero la expresión física de un afecto puede producirse sin las correspondientes vivencias psíquicas, es decir, sin que la persona se dé cuenta de su significación afectiva. Por ejemplo, la ansiedad o la excitación sexual pueden ser sustituidas por alteraciones en el aparato intestinal, respiratorio o circulatorio.
Una vía de escape
Todo aquello que resulta importante para nosotros por su significación emocional, si no es elaborado adecuadamente, sobrecarga nuestro psiquismo y nuestro cuerpo, que se convierte así en un receptáculo de emociones que no encuentran otra vía de salida, porque no se pueden nombrar y hacer conscientes. Aunque seamos capaces de elaborar psicológicamente lo que nos ocurre y no somaticemos en exceso, cuando sufrimos estrés también puede suceder que alguna parte de nuestro cuerpo comience a molestarnos: es una forma de protesta que nos avisa de que tenemos que parar y pensar qué nos está sucediendo. Siempre conviene hacer caso a estos avisos, volver la mirada a nuestro mundo interno y revisar qué ocurre en nuestro universo emocional.
María se había despertado de madrugada con ardor de estómago. Lo atribuyó a que la noche anterior había bebido un poco más de la cuenta en una reu-nión con unas amigas. Habían estudiado juntas y hacía poco tiempo se había encontrado con una de ellas. Acordaron llamar al resto y reunirse. María, en la cama, recordaba cómo había sido la velada. Lucía, la que había sido más amiga suya, había tenido tres hijos con su novio de toda la vida, pero no le había ido bien porque él se había ido con otra.
¿Qué me pasa?
María se sintió culpable de no haber avisado a su amiga de que aquel novio intentó seducirla cuando estaba a punto de casarse con Lucía. Elena seguía soltera. Había tenido mala suerte con los hombres y cuidaba de su madre. Les contó que con frecuencia tenía fuertes dolores de cabeza, que atribuía al estrés. María pensó que también a la infelicidad. Rosa tenía muchas dificultades con su hija adolescente, aunque parecía irle mejor que a las demás. Ella era la que había tenido más suerte y se calló porque se dio cuenta de que esto provocaba una cierta envidia.
Remordimiento
Cuando llegó a casa se sentió incómoda y lo atribuyó a la culpa por no haberle contado a su amiga la verdad sobre su ex, pero lo que le revolvió el estómago era la sensación de no ser apreciada por sus amigas. A la mañana siguiente, la llamó Lucía para preguntarle si se encontraba bien, porque a Rosa le había salido una urticaria y Elena había tenido un fuerte dolor de cabeza. En cuanto a ella, se había pasado toda la noche en el baño. El encuentro que tuvieron produjo un repaso a sus vidas. Los logros conseguidos salieron a la luz y algunas heridas se removieron.
María se sentía poco querida, lo que le producía dolor de estomago. Elena volvía inconscientemente contra su cabeza la rabia que sentía porque su madre ocupaba su tiempo. A Rosa se le irritaba la piel cuando reconocía que su hija tenía problemas y Lucía vomitaba cada vez que relataba su historia.
El síntoma que se padece representa simbólicamente el conflicto que se quiere expresar. La necesidad de apego se refleja en el área digestiva; se podría decir que la persona necesita mejor alimento afectivo (lo que le ocurre a María). La culpa produce dolor de cabeza (como a Elena) y Rosa tiene problemas de piel (los acercamientos a las dificultades le producen mucha irritación). En cualquier caso, la significación de los dolores corporales siempre están relacionados con la historia de cada persona.
CLAVES
Algunos de los puntos débiles que tenemos en nuestro cuerpo corresponden simbólicamente a afectos y conflictos que son difíciles de elaborar.
• Dolores de cabeza: lo padecen personas de marcada inestabilidad emocional. Tienen tendencia a la depresión y muestran con frecuencia un intenso apego a los padres.
• Aparato respiratorio: la respiración se encuentra íntimamente relacionada con la angustia. Los resfriados comunes, cuando son muy frecuentes, son la consecuencia de pequeños estados depresivos.
• La hipertensión: parece que existe una extrema tensión instintiva, una propensión a la agresividad y un fuerte deseo mudo de liberarse de ella.
• El sistema muscular: el estancamiento emocional puede refl ejarse en una inhibición muscular que se puede sentir como cierto cansancio.