LA HUMANIDAD tiene normas de conducta ancestrales con respecto a las muestras de efusividad en público. Hace apenas unas décadas, nuestras costumbres eran mucho más rigurosas. Se consideraba de muy mal tono que las parejas se besaran en público. Los japoneses siguen considerándolo horrendo. Y no hablemos de otras culturas, como la musulmana.
Viene todo esto a mi cabeza al pensar en la verdad que inspira este artículo: de pronto, uno de mis hijos se avergüenza de besarme si hay gente. Sobre todo, si sus amigos andan cerca.
Por las mañanas, se muestra más esquivo a medida que avanzamos hacia el colegio. Si le beso al despedirnos –en la coronilla, más frío, imposible–, me amonesta con un “mamáaaaaaa” hastiado. Aunque siempre hay algo peor: una madre afectada por el mismo mal me ha contado que su hijo ya solo la besa en el ascensor.
AL HILO DE TODO ESTO, me formulo preguntas. En el fondo, ¿no estará mi hijo haciendo lo correcto y los besuqueos deben reservarse para los espacios cerrados, donde son más pertinentes? Reconozco que soy una madre besucona.
Tal vez, demasiado. También reconozco que una de las obligaciones de toda madre es saber retirarse a tiempo. Del mismo modo que he detestado durante toda mi vida a los hombres “enmadrados” –he conocido a unos pocos–, debo velar ahora porque mi hijo no se convierta en uno de ellos. Dar un paso atrás, aunque me cueste la misma vida.
¿NO ME QUEJO yo también cuando al padre de las criaturas a veces le asaltan verdaderos arrebatos de pasión en mitad de la calle? ¿Y no me sorprendo mirando de reojo por si alguien nos ve, como si fuéramos cazadores furtivos? Y más aún: ¿cuánto hace que no beso a mi madre en público? ¿Me sentiría cómoda si mi madre me tomara al asalto para besuquearme delante de mis amigos? Pues eso.