NO HAY NADA que envidie
a los hombres (Freud me
perdone) salvo su ausencia
de culpa. No se me asusten:
no voy a hablar de pecado
original ni de expulsiones
del paraíso, sino de ese
sentimiento que por defecto
acompaña, lastra, agita
y dificulta la existencia
de todas las madres que
conozco: la culpabilidad.
LAS MADRES podemos
sentirnos culpables por
causas tan complejas y
descabelladas que desisto
de intentar clasificarlas.
Hay culpas cotidianas y
extraordinarias. Las hay
grandes y medianas (las
pequeñas son ejemplares
rarísimos); evitables e
inevitables (huelga decir
que las primeras son
peligrosísimas, porque
invitan a la abnegación);
obsesivas y compulsivas;
propias y heredadas; las hay
cambiantes junto a otras,
fatídicamente inalterables.
POR SU PROPIA naturaleza
suelen ser bicéfalas y
contradictorias. He conocido
madres que se sentían
culpables por irse, por
quedarse, por amamantar,
por no hacerlo, por tener
más hijos, por no tenerlos…
Y por no tener ganas de ir
al zoo, por no contarles un
cuento cada noche… Y, el
colmo, una vez una amiga
me confesó que se sentía
culpable… por no sentirse
culpable. Qué sofisticación.
SÍ, SÍ, YA SÉ que este
sentimiento tiene una clara
finalidad biológica: nos
retiene junto a los cachorros,
les proporciona seguridad,
alimento y cuidados. Pero
ni así me libro de él. Sé
que todas esas cosas puede
hacerlas, llegado el caso, otra
persona. Que delegar es una
palabra mágica. Ah, delegar.
Eso merece otro artículo.
ME RENDÍ HACE AÑOS.
Comparto cama y mantel
con mis culpas. Aguardo
a que el tiempo haga algo
con ellas, preferentemente
ahuyentarlas (ya les
contaré). Mientras tanto,
escribo artículos sobre este
mal común y envidio a los
hombres por no padecerlo.