Hoy, María está en un taller contra la violencia
machista. En el debate, su primera participación
es rotunda: “Si tu chico no es celoso, es porque no
te quiere”, dice con seguridad. “A mí no me molesta
que lo sea, al contrario. Igual que me hace gracia
que cotillee en mi móvil, eso demuestra que se preocupa”. No
son reflexiones de una mujer madura que lleve años sufriendo
en silencio la violencia de género. Tampoco de una joven sin
acceso a la educación o que haya crecido en una familia anclada
en tradiciones patriarcales. Se trata de una alumna de 2º de ESO
que, como sus compañeros de clase, participa en una actividad
para la prevención de la violencia sexista. Y lo sorprendente es
que sus declaraciones no llaman excesivamente la atención de los
demás: muchos de ellos pronunciarán frases similares a lo largo
del debate, sin molestarse en ser políticamente correctos.
“Lo preocupante es que se trata de una generación que ya se
ha criado con otros parámetros, no con el tradicional sexismo”,
dice Paco Abril, profesor de
Sociología de la Facultad de
Educación y Psicología de la
Universitat de Girona y miembro
de la asociación Homes
Igualitaris-AHIGE.
QUÉ ESTÁ FALLANDO. Las
palabras del sociólogo no son
meras especulaciones. El verano
de 2010, el Ministerio de
Igualdad publicó el primer
estudio sobre la situación de la
violencia de género en adolescentes. Una de sus conclusiones
fue que uno de cada tres chicos corría el riesgo de convertirse en
maltratador. De hecho, casi el 5% de las adolescentes encuestadas
afirmaba haber sido ya víctima de algún tipo de violencia física o
psicológica por parte del sexo opuesto. Lo que no concretaban los
datos eran las razones por las que gran parte de adolescentes educados
supuestamente en la igualdad mantenía valores sexistas. “Lo cierto es que nos encontramos con un alto porcentaje de
agresores y de víctimas de violencia de género en franjas de edad
de menos de 20 años. Sin ser alarmista, es probable que los datos
que muestra el estudio sean solo la punta del iceberg, puesto que
en la mayoría de las ocasiones los y las jóvenes no son capaces
de identificar situaciones de maltrato o las normalizan”, apunta
Carolina Pulido, socióloga y colaboradora de la asociación para la
eliminación de la violencia ASPACIA.
Uno de los últimos casos se
produjo hace solo unos días, cuando la policía detuvo en la puerta
de un instituto a un joven de 18 años que esperaba a su exnovia,
de 17, con un cuchillo en la mochila, tras haberla amenazado.
Los estereotipos de los que habla son esos que, al menos de cara a
la galería, cuentan con pocos seguidores. Sin embargo, tienen su
club de fans cuando toca sincerarse a puerta cerrada. Se resumen
en una ecuación simple: hombre = macho; mujer = objeto sexual
o persona inferior. En cuanto a los factores que mantienen en alza
esos estereotipos, los estudios dan pistas. “Según una investigación
sobre masculinidades de hace dos años, entre los jóvenes y los
adolescentes hay más presión por apegarse a los modelos tradicionales
que se asocian con hombres competitivos, en cierto modo
violentos, más “machos” por decirlo de alguna forma. Y respecto
a las chicas lo curioso es que, aunque ellas se sitúan en un punto
intermedio entre la feminidad tradicional y la no tradicional, su
comportamiento las contradice. Se sigue valorando mucho el
físico, estar atractivas para ellos”, explica Paco Abril.
También es la opinión del delegado del Gobierno contra la violencia
de género, Miguel Lorente, que asegura que se trata de
un problema cultural difícil de atacar, aunque no es imposible.
“A nadie nos enseñan a ser hombre o mujer, vas incorporando
referentes de tu familia, del entorno, del colegio o el instituto, de
la televisión... Y la conclusión es que nuestra cultura sigue siendo
machista y desigual”, reconoce.
Cambiar esa “cultura” que fomenta la desigualdad es el reto que
se proponen quienes a diario escuchan frases de jóvenes como.
“A las chicas les gustan los castigadores”; o “mi novia se empeña
en llevarme la contraria”, con lo que el chico deja claro que no
entiende que ella tenga un criterio diferente al suyo. Pero, ¿cómo
transformar la mentalidad de una gran parte de la sociedad?
Para profesores como Juanjo Compairé, autor de “Chicos y chicas
en relación”, la base también está en la educación, que debe
enseñar a trabajar las emociones y a no dejarse influir por el
grupo. “Los grupos de iguales tienen una gran influencia en la
adolescencia, cuando los chavales empiezan a sustituir el referente
de los padres por el de los amigos y se llevan por la presión
de su círculo de amigos”, explica. “Por eso es importante que los
educadores cultiven el refuerzo individual, la asertividad dentro
del grupo –es decir, aprender a expresar lo que yo realmente
quiero– igual que enseñarles
a gestionar su rabia cuando se
sienten frustrados para que la
canalicen de una forma creativa,
sin invadir el espacio de
los demás. El problema es que
les enseñamos ecuaciones de
segundo grado, pero no a trabajar
sus emociones. Por supuesto
que es importante que aprendan
matemáticas, pero también
educar en las relaciones, que al
fin y al cabo es de lo que está
hecha la vida”, explica.
Su proyecto de crear un libro dirigido a profesores para educar en
la igualdad nació de su experiencia profesional, al ver que en las
escuelas e institutos no había un espacio de reflexión de este tipo.
Sin embargo, en los últimos años cada vez son más los centros
educativos que incluyen en sus programas talleres de prevención
de violencia. Aunque no son las únicas propuestas.
DE DÓNDE VENIMOS. La Dirección General de la Mujer decidió
hace ya cinco años adaptar obras de teatro clásicas que incidieran
en el problema de la desigualdad y repartirlas en los institutos
junto a guías didácticas para los profesores como una forma de
sensibilizar a los más jóvenes. “Uno de los objetivos es que ellos
sean capaces de valorar cuál ha sido el recorrido que ha tenido
que sufrir la mujer a lo largo de la historia para lograr la emancipación
en cuanto a derechos civiles e independencia económica.
Así llegan a sensibilizarse mucho más con la situación, la entienden
mejor –cuenta Encarna Fernández Gómez, directora teatral
y adaptadora de estas obras para centros educativos de Madrid–.
Se trata de que conozcan una parte importantísima del teatro
universal mientras se les educa en la no violencia. Precisamente
porque es un tema complicado, y difícil de explicar, cuando se
se teatraliza puede entenderse con más claridad de qué se está
hablando. Los chavales tienen mucha más capacidad crítica de la
que se les presupone cuando reciben estímulos como este”.
¿ESCUELA O FAMILIA? Cuenta Miguel Lorente que, en una
ocasión, cuando terminó una de sus conferencias, una profesora
de preescolar le contó anécdota. Ella siempre intentaba hablar
a sus alumnos en un lenguaje no sexista, utilizando expresiones
como “niños y niñas, al recreo”. Pensaba que sus esfuerzos quizá
no sirvieran de mucho, teniendo en cuenta la edad de su alumnado,
pero cuando se puso enferma y otra profesora dio sus clases
cambió de idea. La suplente dijo a la clase: “Niños, venid detrás
de mí”, y se encontró con que todo el pequeño colectivo femenino
se quedó en clavado en el sitio. “Eso demuestra que cosas aparentemente
sin trascendencia sirven para romper los estereotipos,
incluso desde el jardín de infancia”, explica Miguel Lorente. “La
educación en el abordaje de una situación estructural es fundamental,
aunque no hay que olvidarse de la familia. Para una
concienciación crítica hacia los modelos machistas también hay
que marcar en casa las pautas. Igual que los padres le dicen a un
chico cuando sale que no beba, también hay que decirle que no
se dirija a las chicas de malas formas”, comenta.
La dificultad, según los especialistas, es que a la desigualdad hay
que atacarla desde todos los frentes. “Cuando se entienda que
hablar de igualdad es bueno para todos habremos avanzado mucho.
El problema es que da la sensación de que estamos cuestionando
a los hombres, cuando ese sistema desigual es una construcción
que nos hemos inventado”, apunta Lorente. Uno de los retos es
convencer al colectivo masculino de hablar de reparto de tareas,
equiparación de salarios o relaciones igualitarias. Lorente dice que
no puede pronosticar cuándo llegará el cambio, pero cree que el
tiempo, por si solo, no transformará las cosas. “Cuando estudiaba
Medicina, un profesor nos contó lo que decía Hipócrates, que la
medicina no cura, quien cura es la naturaleza y la medicina ayuda.
Pero, en el caso de la violencia de género, no estoy de acuerdo con
esa afirmación. Quien cura es la sociedad, aunque los gobiernos
tienen que ayudar, estimular la transformación y corregir las desigualdades
para que la sociedad confíe en ese cambio”.