Educar

Una educación fatal

  • Es una generación educada en valores no sexistas (en teoría), pero en la práctica siguen apegados a las ideas sobre el amor que subyacen al maltrato. El 25 de noviembre se conmemora el Día contra la Violencia Machista y nos hemos preguntado: ¿cuándo comienza esta espiral?

Hoy, María está en un taller contra la violencia machista. En el debate, su primera participación es rotunda: “Si tu chico no es celoso, es porque no te quiere”, dice con seguridad. “A mí no me molesta que lo sea, al contrario. Igual que me hace gracia que cotillee en mi móvil, eso demuestra que se preocupa”. No son reflexiones de una mujer madura que lleve años sufriendo en silencio la violencia de género. Tampoco de una joven sin acceso a la educación o que haya crecido en una familia anclada en tradiciones patriarcales. Se trata de una alumna de 2º de ESO que, como sus compañeros de clase, participa en una actividad para la prevención de la violencia sexista. Y lo sorprendente es que sus declaraciones no llaman excesivamente la atención de los demás: muchos de ellos pronunciarán frases similares a lo largo del debate, sin molestarse en ser políticamente correctos. “Lo preocupante es que se trata de una generación que ya se ha criado con otros parámetros, no con el tradicional sexismo”, dice Paco Abril, profesor de Sociología de la Facultad de Educación y Psicología de la Universitat de Girona y miembro de la asociación Homes Igualitaris-AHIGE.

QUÉ ESTÁ FALLANDO.
Las palabras del sociólogo no son meras especulaciones. El verano de 2010, el Ministerio de Igualdad publicó el primer estudio sobre la situación de la violencia de género en adolescentes. Una de sus conclusiones fue que uno de cada tres chicos corría el riesgo de convertirse en maltratador. De hecho, casi el 5% de las adolescentes encuestadas afirmaba haber sido ya víctima de algún tipo de violencia física o psicológica por parte del sexo opuesto. Lo que no concretaban los datos eran las razones por las que gran parte de adolescentes educados supuestamente en la igualdad mantenía valores sexistas.  “Lo cierto es que nos encontramos con un alto porcentaje de agresores y de víctimas de violencia de género en franjas de edad de menos de 20 años. Sin ser alarmista, es probable que los datos que muestra el estudio sean solo la punta del iceberg, puesto que en la mayoría de las ocasiones los y las jóvenes no son capaces de identificar situaciones de maltrato o las normalizan”, apunta Carolina Pulido, socióloga y colaboradora de la asociación para la eliminación de la violencia ASPACIA.

Uno de los últimos casos se produjo hace solo unos días, cuando la policía detuvo en la puerta de un instituto a un joven de 18 años que esperaba a su exnovia, de 17, con un cuchillo en la mochila, tras haberla amenazado.

Los estereotipos de los que habla son esos que, al menos de cara a la galería, cuentan con pocos seguidores. Sin embargo, tienen su club de fans cuando toca sincerarse a puerta cerrada. Se resumen en una ecuación simple: hombre = macho; mujer = objeto sexual o persona inferior. En cuanto a los factores que mantienen en alza esos estereotipos, los estudios dan pistas. “Según una investigación sobre masculinidades de hace dos años, entre los jóvenes y los adolescentes hay más presión por apegarse a los modelos tradicionales que se asocian con hombres competitivos, en cierto modo violentos, más “machos” por decirlo de alguna forma. Y respecto a las chicas lo curioso es que, aunque ellas se sitúan en un punto intermedio entre la feminidad tradicional y la no tradicional, su comportamiento las contradice. Se sigue valorando mucho el físico, estar atractivas para ellos”, explica Paco Abril.

También es la opinión del delegado del Gobierno contra la violencia de género, Miguel Lorente, que asegura que se trata de un problema cultural difícil de atacar, aunque no es imposible. “A nadie nos enseñan a ser hombre o mujer, vas incorporando referentes de tu familia, del entorno, del colegio o el instituto, de la televisión... Y la conclusión es que nuestra cultura sigue siendo machista y desigual”, reconoce.

Cambiar esa “cultura” que fomenta la desigualdad es el reto que se proponen quienes a diario escuchan frases de jóvenes como. “A las chicas les gustan los castigadores”; o “mi novia se empeña en llevarme la contraria”, con lo que el chico deja claro que no entiende que ella tenga un criterio diferente al suyo. Pero, ¿cómo transformar la mentalidad de una gran parte de la sociedad?

Para profesores como Juanjo Compairé, autor de “Chicos y chicas en relación”, la base también está en la educación, que debe enseñar a trabajar las emociones y a no dejarse influir por el grupo. “Los grupos de iguales tienen una gran influencia en la adolescencia, cuando los chavales empiezan a sustituir el referente de los padres por el de los amigos y se llevan por la presión de su círculo de amigos”, explica. “Por eso es importante que los educadores cultiven el refuerzo individual, la asertividad dentro del grupo –es decir, aprender a expresar lo que yo realmente quiero– igual que enseñarles a gestionar su rabia cuando se sienten frustrados para que la canalicen de una forma creativa, sin invadir el espacio de los demás. El problema es que les enseñamos ecuaciones de segundo grado, pero no a trabajar sus emociones. Por supuesto que es importante que aprendan matemáticas, pero también educar en las relaciones, que al fin y al cabo es de lo que está hecha la vida”, explica.

Su proyecto de crear un libro dirigido a profesores para educar en la igualdad nació de su experiencia profesional, al ver que en las escuelas e institutos no había un espacio de reflexión de este tipo. Sin embargo, en los últimos años cada vez son más los centros educativos que incluyen en sus programas talleres de prevención de violencia. Aunque no son las únicas propuestas.

DE DÓNDE VENIMOS. La Dirección General de la Mujer decidió hace ya cinco años adaptar obras de teatro clásicas que incidieran en el problema de la desigualdad y repartirlas en los institutos junto a guías didácticas para los profesores como una forma de sensibilizar a los más jóvenes. “Uno de los objetivos es que ellos sean capaces de valorar cuál ha sido el recorrido que ha tenido que sufrir la mujer a lo largo de la historia para lograr la emancipación en cuanto a derechos civiles e independencia económica. Así llegan a sensibilizarse mucho más con la situación, la entienden mejor –cuenta Encarna Fernández Gómez, directora teatral y adaptadora de estas obras para centros educativos de Madrid–. Se trata de que conozcan una parte importantísima del teatro universal mientras se les educa en la no violencia. Precisamente porque es un tema complicado, y difícil de explicar, cuando se se teatraliza puede entenderse con más claridad de qué se está hablando. Los chavales tienen mucha más capacidad crítica de la que se les presupone cuando reciben estímulos como este”.

¿ESCUELA O FAMILIA? Cuenta Miguel Lorente que, en una ocasión, cuando terminó una de sus conferencias, una profesora de preescolar le contó anécdota. Ella siempre intentaba hablar a sus alumnos en un lenguaje no sexista, utilizando expresiones como “niños y niñas, al recreo”. Pensaba que sus esfuerzos quizá no sirvieran de mucho, teniendo en cuenta la edad de su alumnado, pero cuando se puso enferma y otra profesora dio sus clases cambió de idea. La suplente dijo a la clase: “Niños, venid detrás de mí”, y se encontró con que todo el pequeño colectivo femenino se quedó en clavado en el sitio. “Eso demuestra que cosas aparentemente sin trascendencia sirven para romper los estereotipos, incluso desde el jardín de infancia”, explica Miguel Lorente. “La educación en el abordaje de una situación estructural es fundamental, aunque no hay que olvidarse de la familia. Para una concienciación crítica hacia los modelos machistas también hay que marcar en casa las pautas. Igual que los padres le dicen a un chico cuando sale que no beba, también hay que decirle que no se dirija a las chicas de malas formas”, comenta. La dificultad, según los especialistas, es que a la desigualdad hay que atacarla desde todos los frentes. “Cuando se entienda que hablar de igualdad es bueno para todos habremos avanzado mucho.

El problema es que da la sensación de que estamos cuestionando a los hombres, cuando ese sistema desigual es una construcción que nos hemos inventado”, apunta Lorente. Uno de los retos es convencer al colectivo masculino de hablar de reparto de tareas, equiparación de salarios o relaciones igualitarias. Lorente dice que no puede pronosticar cuándo llegará el cambio, pero cree que el tiempo, por si solo, no transformará las cosas. “Cuando estudiaba Medicina, un profesor nos contó lo que decía Hipócrates, que la medicina no cura, quien cura es la naturaleza y la medicina ayuda. Pero, en el caso de la violencia de género, no estoy de acuerdo con esa afirmación. Quien cura es la sociedad, aunque los gobiernos tienen que ayudar, estimular la transformación y corregir las desigualdades para que la sociedad confíe en ese cambio”.

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