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¿A qué hora volverás mamá?

MI HIJO DESAPRUEBA que su padre y yo salgamos de noche. El otro día, al vernos arreglados, yo con el bolso, él con las llaves, nos preguntóa dónde íbamos. Le dijimos que al teatro. Frunció el ceño y alargó mucho las palabras para preguntar: "¿Otra vez al teatroooooo? Esta semana ya es la segunda vez". Le explicamos que nos encanta el teatro, por eso intentamos ir a menudo. Preguntó a qué hora volveríamos. No le satisfizo saber que no pensábamos regresar hasta muy pasada la medianoche.

AQUELLO FUE un viaje en el tiempo, porque me trasladó a 20 años atrás, cuando trataba de justificar ante mi madre que si la sesión golfa del cine terminaba a las tres y media, era imposible que yo regresara a las tres, como ella pretendía. Llegué a la conclusión de que mi existencia ha estado repleta de controladores horarios. Y que la vida es cíclica.

MI HIJO encuentra fatal que el teatro acabe a las doce y media. Me hizo notar que las sesiones infantiles tienen otro horario y también que el cine presenta la ventaja de ofrecer diversos pases, a conveniencia del espectador y su familia. Como insistí en nuestra preferencia por el escenario frente a la pantalla, terminó dándose por vencido y se retiró, muy enfurruñado, a rumiar aquel horror.

CREO FIRMEMENTE que el control excesivo, venga de quien venga, no debe tolerarse. Las relaciones –todas– deben cimentarse sobre la base de una cierta libertad individual. Eso es lo que trato de transmitir cuando me voy al teatro, a menudo cargada con mi sentimiento de culpabilidad y con mis propias preguntas capciosas. Por fortuna, el control de los hijos tiene fecha de caducidad. Algún día valorarán y reclamarán su propia libertad y, de rebote, comprenderán nuestras pretensiones. O eso espero, porque en esto de la maternidad, ya voy sabiendo que la práctica demuele todas las teorías.

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