Mi hija tiene 10 años y es muy lista. Saca siempre
unas notas excelentes en el colegio. Su padre y yo
la felicitamos cada vez que vuelve a casa con un
buen resultado, aunque también tenemos miedo
de que se lo crea”. Fernanda y Javier, de 40 años y
profesores de enseñanza media, expresan un temor compartido
por la inmensa mayoría de padres con niños nacidos en las últimas
dos décadas. “Por un lado, nos parecería una crueldad no elogiar
su inteligencia pero, por otro, nos preocupa que piense que
es la mejor, que las cosas llegan sin esfuerzo, y que acabe mirando
por encima del hombro a quien no tiene tanta facilidad”.
Tras las generaciones X, Y o “Ni Ni”, está empezando a acuñarse
en Estados Unidos el término “Generation Me” para referirse a
aquellos nacidos a las puertas del nuevo milenio. Optimistas,
idealistas y destinados a triunfar, acusan también un narcisismo
galopante, fruto de una autoestima a prueba de bombas. Los más
mayores, aquellos que están ya empezando a tocar a las puertas
del mercado laboral, demuestran no estar dispuestos a trabajar en
cualquier cosa, rechazan ofertas jugosas sin pensárselo y parece
que anden a la espera de ese puesto que, según su propia consideración,
esté a su altura.
Si algo les aterroriza es desmontar
ante los demás su imagen de éxito y brillantez. “Se ven extremadamente
preparados, los candidatos idóneos para el mercado
laboral”, aclara Edwin Koc, director de Recursos Humanos
de la Asociación Nacional de Universidades y Trabajadores de
EE.UU. Y añade: “Más del 90% cree que tiene un currículo perfecto
y un 57% piensa que va a lograr un trabajo a los tres meses
de licenciarse. Tienen una absoluta confianza en sí mismos”.
En 1969 Nathaniel Branden publicó “La psicología de la autoestima”,
una obra en la que defendía que la consideración positiva de
uno mismo es la faceta más importante en la vida de una persona.
La teoría caló muy rápido y tuvo amplios efectos en la sociedad,
por no hablar del cambio de paradigma que supuso en el terreno
de la enseñanza.
En nuestro país, es a partir de la década de los
80 cuando aterriza en las aulas e impregna todos los conceptos
pedagógicos. La sobrevaloración de la autoestima se convierte,
entonces, en el verdadero tótem de la educación. Cualquier cosa
potencialmente dañina para la autoestima infantil empieza a ser
observada con lupa, llegando a unos excesos en ocasiones cómicos:
entrenadores de fútbol que se olvidan de los goles y regalan
trofeos a todos los participantes, suspensos vetados de antemano
para no herir la sensibilidad del niño, exámenes “a la carta”...
Esfuerzo versus inteligencia
Según una encuesta de la norteamericana Universidad de
Columbia, el 85% de los padres cree que es importante decir a
sus hijos que son listos. La mayoría lo hace movida por una sana
intención: la de infundirle seguridad al niño. Ahora bien, lo que
no todos advierten es la relación directa que en ocasiones establece
el elogio indiscriminado con el bajo rendimiento escolar.
“Alabarle constantemente la inteligencia a un niño –advierte la
psicóloga Helena Sancho– es contraproducente, porque le puede
hacer perder la noción de la realidad. En otras palabras, si de lo
que se trata es de no defraudar las expectativas depositadas en él,
el niño no se arriesgará a cometer
errores y, de esta forma, aun
cuando dude, siempre querrá
demostrar lo inteligente que es.
Es decir, aparentará ser listo”.
La doctora Carol Dweck y su
equipo, de la Universidad de
Columbia, desarrollaron durante
la última década un trabajo
de campo sobre los efectos del
elogio en estudiantes de
Nueva York. La prueba fundamental consistía en lo siguiente: a
los niños de quinto curso se les invitaba a resolver rompecabezas
específicamente diseñados para su edad, de forma que todos
lo hicieran bien. Se les dividió al azar en dos grupos: a unos se
les elogiaba por su inteligencia (“Tú eres muy bueno en esto”)
mientras que otros se le destacaba el esfuerzo (“Debes de haber
trabajado muy duro”). En una segunda vuelta se dio a elegir a los
mismos escolares entre dos pruebas, una de ellas sensiblemente
más difícil que la otra. Los que habían sido alabados por su
trabajo, asumieron, en un 90%, el reto más complicado. Por el
contrario, los elogiados por su inteligencia optaron por la tarea
fácil; esto es, se acobardaron. Dweck llegó a la conclusión de
que “resaltar el esfuerzo otorga al niño una variable que él puede
controlar. Puede ver que tiene control sobre su nivel de éxito”. Sin
embargo, aclara la doctora, “poner énfasis en la capacidad natural
provoca que la situación quede fuera de su alcance, y no ofrece
una buena receta para responder a un fracaso”.
Jóvenes muy competitivos
Otros expertos coinciden en señalar como concepto clave en la
educación de los hijos el valor del esfuerzo. La ecuación parece
clara: si el niño considera que su inteligencia es infalible, ¿para
qué va a esforzarse en conseguir lo que puede lograr mediante
sus dones naturales? He aquí una clave fundamental para reconducir
lo que Po Bronson y Ashley Merryman, en su libro “Educar
hoy” (Ed. Sirio), denominan “el poder inverso del elogio”. En
lugar de decir: “¡Pero qué listo es mi niño!” o “¡Eres el mejor!”,
¿qué tal si probamos con fórmulas más específicas? Del tipo:
“Sigue así”, “Cuando trabajas, lo consigues” o “Me gusta que sigas
intentándolo”.
No se trata de reemplazar elogio por crítica, sino
de hacerle ver que el cerebro es
un músculo: ejercitarlo nos hace
más inteligentes. Para quien
crea que este comportamiento
puede mermar la autoestima
del niño y abocarlo al fracaso
escolar, habría que recordarle
los estudios de Roy Baumeister,
quien, tras revisar más de 15.000
casos particulares, concluyó que
poseer una alta autoestima no
mejora las calificaciones ni los
logros profesionales. Todo lo contrario: estas personas suelen
tener una percepción inflada de sus habilidades.
En las relaciones
interparentales se da la peculiaridad, además, de que es el propio
orgullo de los mayores el que entra en juego. Cuando los padres
alaban a sus hijos, en el fondo, se están alabando a sí mismos.
¿Y qué ocurre cuando empiezan a encarar la adolescencia y
primera juventud? Lejos de lo que podríamos pensar, los niños
demasiado elogiados no se convierten en indolentes desmotivados.
La realidad es que el niño que ha estado escuchando excelentes
valoraciones de manera constante desde que tiene uso de
razón deviene, a la postre, en un joven extremadamente competitivo
y obsesionado con derrotar a los demás. Si para lograr
el triunfo necesita recurrir a las trampas, no lo dudará, ya que
en su horizonte de expectativas
no figura ni por asomo
el fracaso. En ningún caso
afrontará este último aplicando
más esfuerzo en la
siguiente tarea, sino que se
negará a aceptarlo.
Llegados
a este punto, conviene tener
en cuenta las investigaciones
sobre la persistencia que
llevó a cabo el doctor Robert
Cloninger, de la Universidad
de Washington. Más que un
acto consciente de la voluntad,
mantenerse firme en
una acción, según el estudio
de este especialista, es una
respuesta inconsciente, que
está gobernada por un circuito
cerebral.
Para demostrarlo,
Cloninger entrenó a ratas
y ratones, que aprendieron a
perseverar en los laberintos, pero a los que se les negaba el premio
al llegar al final. Las conclusiones fueron muy significativas:
el cerebro aprende que es posible resolver los episodios frustrantes.
“La persona que crece recibiendo premios con frecuencia no
será tenaz en la consecución de un objetivo, abandonará cuando
el premio desaparezca”, escribió. Dicho de otra manera: hacer
de nuestro hijo un adicto al elogio puede conducirle a sentir la
necesidad química de ser premiado constantemente.
Manual de conducta
No todo está perdido, sin embargo. “Nunca es tarde para empezar
a modificar la relación con los hijos –aclara Helena Sancho–.
En lo que tiene que ver con el halago indiscriminado, podemos
plantearnos una suerte de retirada por etapas. Es importante
que sea algo gradual, que no le provoque un choque brusco, que
conduciría a tiranteces en el ámbito familiar y, probablemente,
también a una cierta desubicación en la consideración de sí
mismo”.
¿Cuáles serían, entonces, las fases? Bronson y Merryman
proponen esta hoja de ruta: lo primero, elogiar al niño cuando
el resto de padres lo están haciendo, para evitar, de esta manera,
que se sienta excluido. El segundo paso nos llevará a dosificar
la alabanza, poniendo el acento exclusivamente en el mérito
específico. Dirigiremos, así, nuestro aplauso, en lugar de a las
capacidades del niño, al proceso, al esfuerzo con el que logró el
resultado concreto. La última etapa tendrá en consideración una
serie de aspectos que, a veces, nos parecen menores y pasamos
por alto. Por ejemplo, es saludable que valoremos su capacidad
de concentración, que sepa escuchar atentamente a los demás o
que piense en los otros cuando juega en equipo.