Planes en familia

Ponga un gato en su vida

EN VOZ BAJA... “El ideal de la calma es un gato sentado”, dijo el compositor francés Jean Renard. Está claro que este señor no conoce a mi hijo pequeño.

MI HIJO de cinco años siente pasión por los gatos. Dibuja gatos. Ve películas sobre gatos. Ni de día ni de noche se separa de su minino de peluche, que se hizo regalar por encargo y al que bautizó como Gatobonito. Últimamente ha dado un paso más en su gatofilia y ha comenzado a pedir un gato de verdad, de esos que arañan las cortinas y hacen pipí en un cajón de arena infecta.

LO SABÍA. Sabía que este aciago día iba a llegar. Me refiero al día en que mis hijos, en equipo o en solitario, comenzaran a pedir una mascota. Y sabía también lo mucho que me iba a costar negarme, la durísima oposición que tendría que vencer a sus argumentos: la mía propia.

CON TODO, por ahora no he cedido. Aunque estoy a punto. La madre multiatareada que soy me susurra al oído por las noches que las mascotas ensucian, comen, necesitan estirar las patas y, a la postre, dan disgustos. Da lo mismo que sea un pez, un periquito, un conejillo de indias, un camaleón, un gato o un perro, y nombro solo los que están en boca de mi prole.

PERO AL MISMO tiempo, al otro oído, la niña que fui me habla del cariño que nace entre animales y humanos, los beneficios de esa proximidad, el aprendizaje de la responsabilidad que de ello podemos obtener, los buenos ratos compartidos con ese miembro de la familia más peludo que los demás. De algún modo, pienso, el animalito será la excusa para ser generosos en algo importante: demostrar cariño. Lo sé bien porque a lo largo de mi vida he querido a varios perros.

DE MODO que tengo un dilema y soy una blanda. Sospecho que sabéis tan bien como yo de qué modo acabará todo esto. Por ahora, mis hijos tienen otro dilema y yo me escudo, maléfica, en sus dudas: camaleón, conejo, pez, periquito, perro o gato. Esa es la cuestión. 

Publicidad
Publicidad
Publicidad