Planes en familia

Tradiciones: regreso al país de la infancia

  • Los rituales propios de estas fiestas no son gratuitos: calman los miedos primarios y nos reconcilian con nuestras raíces

Luces, regalos, comidas, reuniones... Todo en estos días se asocia a la palabra Navidad. Nuestra vida se llena de colores, juguetes, música y vacaciones escolares; se organizan encuentros con amigos y cenas familiares. Nos vemos conducidos a repetir año tras año lo que marca la tradición. ¿Por qué lo hacemos? ¿Necesitamos las tradiciones? ¿Podemos escapar de ellas si no nos agradan? ¿Por qué a unas personas les gustan y a otras no? Las tradiciones nos dicen de dónde venimos. Cada país y cada cultura las poseen y en ellas se transmite que todos tenemos unas raíces y un marco familiar donde maduramos. La palabra tradición proviene del sustantivo latino “traditio” y este, del verbo “tradere” (entregar). Representa lo que nuestros padres nos dan, lo que nos entregan en forma de valores, creencias o costumbres. Es el simbolismo de estas tradiciones lo que perdura en el tiempo y lo que se necesita recordar, por la importancia que tiene para el psiquismo humano. Reunirse a comer en familia significa, en primer lugar, tener cubiertas las dos grandes necesidades humanas: el hambre y el amor.

TEMORES INFANTILES. Según Bruno Bettelheim, las privaciones físicas y emocionales son las principales inquietudes del ser humano. Es lo que más teme el niño, y todos lo hemos sido. La falta de amor está representada para él por el abandono de los padres. Las reuniones familiares tranquilizan al niño porque representan que, en lo que se refiere a ese abandono, no debe temer nada: siempre habrá abuelos, tíos, primos... que le ayudarán. Las reuniones que los adultos hacemos con amigos o con familia, las comidas, las cenas, los regalos... son también una forma de intentar cubrir las necesidades afectivas y calmar las carencias que sufrimos durante el año. Todos llevamos dentro el niño o la niña que fuimos. Lo hemos modificado, pero permanece en nuestro psiquismo y hoy, mientras vemos cómo nuestros niños viven su Navidad, nosotros revivimos la que tuvimos. Podemos cambiar lo que nos inquietaba y repetir lo que sigue gustándonos.

EL CASO DE LAURA. Durante mucho tiempo le había cansado preparar la cena de Nochebuena; pero, al final, toda la familia acababa en su casa ese día y así llevaban años. Ahora había comprendido que le gustaba hacerlo. Por eso, a pesar de protestar, no había dejado de hacerlo. Lo deseaba. Laura había cambiado su sentimiento en torno a la Navidad porque había podido elaborar su infancia. Aquella niña que llevaba dentro de sí había elaborado el desamparo sufrido en su niñez y volvía la mirada hacia esa época de su vida rescatando lo que le había servido. Laura, que había tenido una relación difícil con su madre, al final la había aceptado como era, identificándose con ella en algunas cosas (había sido también, por ejemplo, la que se encargaba de la cena de Nochebuena). Ahora lo hacía ella y cuando veía a los niños corretear por la casa recordaba con placer cómo se escondía con sus primos debajo de la mesa en la que se reunían sus padres y abuelos. Los adultos, a veces, se olvidaban de que estaban allí y ellos jugaban en aquella semioscuridad acogedora, ocultos bajo el enorme mantel, cada grupo en su nivel y ellos, protegidos por los adultos, enterándose de lo que hablaban. Asumir el desamparo infantil le había permitido disfrutar de esa reunión familiar, único día al año en el que lograba reunir a toda su familia.

MIRADA AL PASADO. Las personas que tienen asociada su infancia a carencias emocionales importantes, aunque hayan conseguido una vida cómoda y envidiable, no sentirán estas fiestas como algo agradable; muy al contrario, estarán deseando que pasen y en ocasiones se pondrán tristes o de mal humor. Pero quienes, en lugar de reprimir sus carencias infantiles, las acepten y las elaboren psicológicamente, pueden reparar en cierta medida su infancia, intentando crear con sus hijos unos vínculos afectivos distintos a los que tuvieron. Otros pueden acercarse a la familia de su pareja, o a sus amigos, porque allí sienten calor humano. Y también podrán vivir con más alegría las tradiciones navideñas.

Se dice que la infancia es la patria del hombre y todos sabemos que la Navidad es el tiempo de los niños; ellos necesitan la magia de las fiestas, y los adultos lo pasamos bien viéndolos disfrutar. Nos alegramos por ellos y porque nos dan la posibilidad de reparar nuestra historia, si necesitamos hacerlo. Así, la Navidad familiar, como vivencia consciente, es una de las experiencias más tranquilizadoras para un niño y le alivia en sus ansiedades más intensas. Esta experiencia es constructiva para que afiance su seguridad. Las celebraciones-tradiciones son, sencillamente, demasiado importantes como para renunciar a ellas, toda vez que satisfacen necesidades profundas, muy a menudo inconscientes.

Publicidad
Publicidad
Publicidad